
Ecosofía
Por Aníbal Arévalo Rosero
nautilus2222@gmail.com
Dos actores muy bien ranqueados, con más de cuarenta años de trayectoria en el arte de las tablas, asumen el reto de personificar sus propias vidas con una corta vivencia en una noche del Carnaval de Pasto. Ellos son Salomón Gómez y Julio Eraso. En el teatro no son personajes: son ellos mismos, con sus propios nombres. Se desarrolla un diálogo en el cual se unen dos líneas dramáticas, pero trenzadas por un solo hilo: la violencia y la historia del teatro en Colombia. La historia colombiana a partir del relato de las bananeras, desarrollada con diferentes posturas de los grandes maestros del teatro como Enrique Buenaventura y Santiago García.
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También tiene que ver con la creación colectiva del teatro de provincia. Expresa de manera sucinta las penurias que se tuvieron que vivir durante el gobierno de Uribe Vélez y las dificultades de mantener un grupo de teatro en la región. Es una obra con toques de humor y gracia, pero a la vez seria y profunda, porque aborda la violencia a través de la vivencia de los dos actores, que toman vida cada vez que se presentan.
La narrativa y la puesta en escena de hechos tan crudos como la masacre de las bananeras llevan a pensar que son fruto de la fantasía; para nadie es concebible que se hayan producido hechos de máxima crueldad que solo parecen posibles en la narrativa “garciamarquiana”, pues quizá nunca se llegue a conocer la verdadera dimensión del hecho, si desde el teatro se logra visualizar actos que domestican la bestialidad humana. El teatro tiene la magia de llevar a un público, solo con dos actores, el simbolismo de lo que representaron episodios oscuros con el presidente conservador Miguel Abadía Méndez, quien constituye una figura sombría para el país por permitir que militares sofocaran una huelga obrera en el Magdalena.
El teatro puede darle vida a los episodios oscuros que ha tenido que vivir Colombia con un presidente tenebroso, que es mejor no nombrar, porque allí se cometieron muchas masacres que forman parte del terror sembrado por quienes se dejan vencer por la codicia. Julio y Salomón, en su compromiso con el teatro social, tienen el gran reto de llevar a los escenarios lo que representa una de las épocas más violentas de Colombia, que surge con el asesinato de Gaitán en 1948 y se extiende hasta nuestros días, como muestra de que la violencia no ha dado tregua, solo se mantiene.
Despierta total admiración la capacidad creativa del teatro La Candelaria de Bogotá al crear una obra que permite transversalizar la realidad colombiana con Guadalupe años sin cuenta, una obra que narra los episodios de mitad de siglo o de la violencia partidista. Guadalupe Salcedo es el héroe que decide jugársela toda por la paz, pero las fuerzas del orden son capaces de traicionar ese acuerdo y, sin mayores reparos, asesinan a una figura legendaria por su convicción y por ser fiel al acuerdo. Sin embargo, la traición puede más y lo asesinan en una calle de Bogotá. El teatro La Candelaria asume el compromiso social, al mejor estilo “brechtiano”, del teatro como denuncia. Un teatro social que no se quede en el sainete, sino que lleve a pensar, a controvertir y a dudar.
La Candelaria son unos magos para escribir esta obra. Lo que se quería era hacer un espectáculo que volviera a la memoria. Es la ruptura de la cuarta pared o la generación de una dialéctica donde el público decide si está o no con lo que sucede en Colombia. Pero ¿por qué solo las bananeras, si ha habido tantas masacres, como las masacres de Iquique o las de Sendero Luminoso? La misión de Bertolt Brecht era revolucionar el teatro creando el teatro épico o dialéctico, con el objetivo de que no fuera solo entretenimiento. El otro teatro habla del destino: no tomo decisiones, voy por la barca de mi destino.
El teatro épico busca que el público tome decisiones. Brecht habla de que no seamos analfabetas políticos: uno debe tomar posiciones. La decisión lo lleva a la vida o a la muerte. Julio y Salomón no son solo actores, sino figuras sociales. Mientras el teatro dramático habla de cosas privadas como el enamoramiento, todo teatro es político: el teatro no puede volverse anecdótico. El compromiso de Julio y “Salo” es hacer un teatro que se preocupe por lo que sucede en la sociedad. Nuestros actores han trasegado más de cuarenta años.
La dirección de la obra está a cargo de Mario Miranda. Julio Eraso es docente; Salomón Gómez trabaja desde la literatura y los títeres, y Adrián Álvarez creó las pistas musicales. Han sugerido que, como gestores del teatro, se gesten propuestas para el desarrollo de la humanidad en todos los aspectos. Más allá de actuar, es ser persona. Por eso se construyen como figuras sociales.
Este espacio de opinión está abierto a columnistas, blogueros, comunidades y otros autores. Las ideas expresadas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no representan la posición ni la línea editorial del Informativo del Guaico.
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