Adiós… a las serenatas!


Por: Segundo Primitivo Enríquez E.

Las serenatas como el arte general, han llegado a ser en
este mundo en que todo tiene un precio y
se puede comprar, un  lujo innecesario
. Pero hubo una época  en que eran tan o más importantes que el pan
que se consume diariamente.

Era un elemento o factor decisivo en el proceso del amor
cortés: con ellas el enamorado declaraba su pasión o cerraba el telón de un drama amoroso sin futuro. En noches de luna el corazón se valía de tres
boleros y una pieza de despedida para declarar frente a una ventana que ya no
podía más y que venía a contarle el secreto de su amor.  Por supuesto, como era un secreto declarado
por un trío de vozarrones, los primeros en conocerlo eran los desvelados
vecinos.
Por más indiferente que fuera la destinataria de la
serenata, su vanidad femenina no resistía la tentación de mirar por la rendija
y gozarse semejante entrega total del esclavo y amo
.  Los únicos enemigos de las serenatas eran los
suegros y los cuñados y en más de una ocasión lo manifestaron con productos que
guardaban en sus bacinillas.
Que las serenatas eran un elemento necesario en la dinámica
del amor lo testimonian la cantidad de matrimonios que provocaron aquellos
aullidos nocturnos. Los registros matrimoniales de esas épocas son apenas
comparables con las partidas de bautismo de los hijos naturales de hoy
.
Esa necesidad natural de expresar y declarar el amor por
medio de las serenatas trajo consigo el florecimiento de los tríos y los
boleros
.  Si alguna vez hubo cultura musical
en Sandoná, fue en ese entonces; por supuesto, era una cultura sentimental y
romántica que sin embargo nos dejó valiosos intérpretes de la guitarra.  Estirpes de músicos de larga trayectoria
tienen origen en esos tiempos y fueron tan famosos que ni siquiera hoy, después
de tantos años, los hemos olvidado.
YO SOY EL CUCARACHERO Y TÚ LA CUCARACHERITA… Sastres,
peluqueros y carpinteros manejaban tan bien las tijeras, la barbera y la
garlopa como la peineta para puntear  la
guitarra
. En cada barrio había un trío y eran tan cumplidos en sus ensayos  que ni siquiera dejaban hacer la siesta a los
dueños de casa donde se reunían a preparar sus serenatas.
Los tiempos han cambiado hasta el punto de creerse que el
amor  ya no necesita de las serenatas
,
esas  románticas parteras de la pasión.
El amor-gallinaceo de hoy, descomplicó la tortura  de la declaración o del rompimiento: en él
todo está permitido y sin compromisos. Los más tímidos en lugar de una serenata
dan a sus amadas una joya y el amor no se deja esperar entre la seductora
música de los quilates.  Tampoco es
necesario  tener como aliado la paciencia
de varios meses  para pasar, como antes,
de la sala a la puerta y de ésta al andén 
para tomar de la mano a la mujer amada. 
El ciclo de la seducción se ha simplificado, tanto que inclusive dura
menos  que los tres minutos de una pieza
de salsa en la penumbra de una discoteca.
Ciertamente, el amor y la vida se han simplificado mucho en
estos tiempos: se orientan a la búsqueda del mejor placer dentro de la mayor
comodidad
. Pero algo nos dice que eso no tiene nada que ver con la belleza.
Somos de aquellos que necesitamos de un poco o mucho sentimiento para atrapar
la belleza de la vida.  Por eso nos
identificamos con el sonido grave y melancólico de una guitarra y encontramos
en las notas de las serenatas una expresión y un símbolo exterior de lo que
necesitamos para existir.
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Author: Miguel Cordoba