“Ave gratia plena”

Por Alejandro García Gómez.
Tomado del Nuevo Adalid
Cuando llegaban nuestras vacaciones
de fin de año escolar, entre julio y agosto en nuestro departamento, por ser calendario
B, mis padres, al igual que los de casi todo el resto de mis amigos y
compañeros, nos llevaban de peregrinación hacia el santuario de Nuestra Señora
de las Lajas
, situado en uno de los vórtices del Guáitara en el corregimiento
de Las Lajas, municipio de Ipiales, y que debe su nombre a la forma, textura y
disposición de las piedras -piedra laja- que sostienen y al mismo tiempo adornan
las paredes del impresionante abismo que los millares de siglos han dejado como
huella del paso del rugiente Guáitara.

Las familias nariñenses pobres o de clase
media ahorraban todo el año para esos tres días de peregrinación. Hoy la distancia
desde Sandoná hasta ese destino se la cubre en tres o tres horas y media como máximo.
En ese tiempo, sin Panamericana, el viaje comenzaba a la una o dos de la
madrugada y finalizaba muy entrado el medio día
. Era la parte más dura de la ansiada
romería, teniendo en cuenta los mareos, los casi gélidos territorios del sur de
mi departamento que debíamos atravesar como la sabana de Túquerres, Guachucal e Ipiales,
invadidos por los vientos de los nevados de Cumbal y Chiles, y del volcán
Azufral y viajando en buses tipo escalera: teniendo en cuenta además nuestras costumbres
calentanas al abrigo benigno del clima de Sandoná.
Una vez llegados a la población
destino, nuestros padres nos dejaban al cuidado de una persona mayor junto con todos
los petates propios de una romería en la que se llevaban desde ollas para la
cocina, cuyes asados, aves de corral y víveres propios de nuestro clima, hasta
las frazadas para hacer frente a las heladas noches del verano lajeño. Mientras
tanto, nuestros padres habían conseguido ya “la casa de la Virgen”, de las que
la Curia ponía al servicio de los peregrinos a precios muy módicos, o gratis cuando
eran muy pobres. Constaban de servicios higiénicos, un fogón, un lavadero y un
salón entablado para dormir durante las tres noches. El almuerzo del primer día
era parte del fiambre que habían preparado el día anterior en nuestras casas
.
Una vez almorzados e instalados, toda la familia bajaba al santuario haciendo
uso de la interminable serie de gradas de roca tallada que desde el poblado
lleva hasta el fondo del abismo. Se hacía la acción de gracias y se comenzaba
la fila para la Confesión de todos los familiares que estuvieran en edad de
hacerlo. La Confesión no era obligada, pero era obligatoria, de lo contrario
era un viaje en vano y la Virgen podría resentirse.
En la noche terminaban de confesarse
los últimos miembros de la familia y se subía a la comida. Cuando las mujeres
habían podido hacerlo de primeras, ellas salían antes para preparar los
alimentos; cuando no, era la única vez en que los hombres de la casa ayudaban a
las labores domésticas y no se les veía mal. La subida en la noche desde el
santuario hasta el poblado era otra de las torturas para nosotros los niños:
subíamos las escalas con las manos tapadas hacia el rugiente abismo, al otro lado
del cual está una inmensa estatua de San Gabriel Arcángel matando con una lanza
a un gran dragón
, símbolo de Satanás, al que según la tradición, desterró del
vórtice la llegada de la Virgen. Pero nosotros, los niños, si nos destapábamos
la cara o si otro niño, por maldad, nos la quitaba, lo seguíamos viendo y no dormíamos
esa noche. El siguiente día se pasaba entre misas, rezos, alabanzas y subidas
al poblado a tomar los alimentos, con un ligero descanso para comprar nuestros
juguetes y cachivaches para los que habíamos ahorrado todo el año. El tercer
día se asistía a la primera misa -casi en la madrugada- y se tomaba de nuevo el
camino a casa.
En las últimas vacaciones, con
varias décadas encima y cuarteado por alguna que otra desilusión, por uno que otro
fracaso,  pero alentado también por
nuevas esperanzas y dentro del amor de mi nueva familia, la que formé con Ligia,
volví. No pude hacerlo por tres días y sé que no es el mismo quien vuelve. Pero
estuve allí frente a la gran laja de Ella y lloré. Coincidió mi retorno con una
Eucaristía celebrada por un sacerdote para mí desconocido. No sé si fue su
celebración, o Ella, o mis recuerdos, o todo junto lo que me hizo entrar dentro
de mí. O quién sabe si fue mi esperanza en la humanidad, al calor y alrededor
de Ella, lejano símbolo y fantasía de mi infancia, de ese mi Paraíso 
Perdido. “Ave gratia plena”, la
saludó con las mismas palabras del frontis de su altar.

Author: Miguel Cordoba

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