Batalla de Bomboná

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Por José Rodrigo Rosero Tobar*

A principios del mes de abril de 1822, Bolívar con sus ejércitos republicanos cruzaba montañas, valles y praderas en desarrollo de la llamada campaña del sur, adelantada con la intención de conquistar Pasto, una ciudad que le había prestado una de las mayores resistencias en sus intenciones. Buscó tomarse la ciudad entrando por los lados de Chaguarbamaba (hoy Nariño), pero entrando a Genoy, alertado por uno de sus oficiales, cambió de rumbo y se dirigió por Mombuco (hoy la Florida), Sandoná, Consacá y pasar a Túquerres para alcanzar Quito que era su objetivo final.

Enterados los realistas, con varios pastusos que se habían unido a sus fuerzas para defender las huestes de un lejano rey, liderados por Basilio García, sigilosamente bordearon el volcán Galeras para ubicarse en las estribaciones de la cordillera vecina al río Cariaco en la región de Consacá, para impedir el paso del enemigo. De manera silenciosa esperaron la llegada de los ejércitos republicanos, defendiendo el único paso posible para Bolívar y sus hombres en su cometido de eludir a los pastuso-realistas y su camino poder continuar.

Bolívar llegó el 5 de abril a Veracruz, el 6 acampó en Consacá y el 7 llegó a los campos de Bomboná para iniciar, en horas de la tarde, una batalla cruenta, de aniquilamiento, desigual y llena de muerte y desesperación. Uno a uno cayeron los hombres de Bolívar. Las balas no respetaron insignias, nombres ni distinciones y penetraron los cuerpos de los republicanos causándole bajas incontables en esos momentos. Contestado el ataque, continuó el combate hasta entrada la noche. Los ejércitos de Bolívar causaron pocas bajas a los ejércitos de Basilio García.

La batalla terminó. El resultado se presenta aun incierto. Mientras Bolívar ocupa el campo de batalla, Basilio García reclama el triunfo por la captura de una bandera de combate y por el número de bajas ocasionadas. El único resultado de la batalla fue la desolación.

Hoy, 198 años después de ese acontecimiento, sin recorrer o imaginar los campos donde tuvo su ocurrencia, sabemos que se encuentran desolados; pues, el mundo entero enfrenta a un enemigo silencioso y depredador que causa muertes sin respetar estatus, títulos, distinciones ni procedencia. Nos ha enfrentado a una batalla que no sabemos cómo va a terminar. El creyente se afianza en sus creencias, el ateo quizá crea que algo existirá, el existencialista dudará de su propia existencia, el déspota al enemigo despreciará, el prepotente creyéndose superior no creerá en las consecuencias, mientras el cauto esperará con prudencia que todo pase y que la luz un día no lejano con otro resplandor amanecerá.

Los mensajes de esperanza vienen por doquier, el aprecio a lo presente se recalca en todo momento, el amor y el respeto han vuelto a renacer. La reflexión sale ganando en estos momentos aciagos de nuestra precaria existencia y silenciosamente nos enseña que de la vida todo debemos aprender.

Este 7 de abril en los campos de batalla no habrá conmemoraciones, los discursos no se harán escuchar, las oraciones a otra causa se deben endilgar. El confinamiento oficial y voluntario nos ha sumido en un somnoliento letargo que, sin saber cómo, aspiramos superar. No obstante, desde mi aislamiento quiero mencionar, que vivan los combatientes de esa épica batalla, que su recuerdo en el tiempo incólume permanecerá. Que estén seguros, que tenemos la nostalgia que la hidalguía de esos tiempos de vencedores con vencidos, todavía no se ha vuelto a replicar.

Bolívar, Basilio García y todos quienes ofrendaron sus vidas en pro de una causa que consideraron justa, desde sus tumbas miran con estupor lo que hoy pasa en este globo terrenal y pensarán que las guerras jamás han terminado, que persisten en el tiempo y que pase lo que pase, sea cual sea el resultado final de cada una de ellas, lo mejor de la vida que vivimos es la vida que nos ha correspondido enfrentar.

Consacá, 7 de abril de 2020

*Abogado consaqueño. En 2011 publicó el libro “Consacá”

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