¿Cómo le dejamos la patilla?

Por Ramiro García
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Cabalgué por primera vez a mis 13 o 14 años sobre un espécimen aprendiz de trotador-trochero, integrante de una recua de propiedad de don Luis Enríquez, padre de mi amigo y vecino Primitivo. Solía acompañar a Tivo –así llamaba a mi amigo- en su rutina de muchas tardes con la puesta del sol, para regresar los animales a la finca de su padre. Así inició nuestra amistad, luego reafirmada en el equipo de fútbol del barrio Obrero, divisa de ambos en un campeonato local.

Asumo que cabalgar y jugar fútbol fueron pretextos para curiosear de cerca la actividad tradicional y familiar que desempeñaban los hermanos mayores de Tivo: la peluquería-barbería, ese ancestral oficio considerado patrimonio inmaterial de los pueblos colombianos, cuyo dominio se transmite de generación en generación. En realidad, mientras llegaba mi turno curioseaba y leía gratis el contenido de revistas Life y Selecciones de Reader´s Digest, dispuestas por Fernando y Giraldo Enríquez sobre una mesa para distracción de su clientela.

Desde luego, mucho más cerca de mi casa existió otro de esos emprendimientos dedicados exclusivamente a preservar la higiene y estética humana. Don Pachito Narváez, su propietario, nunca pintó franjas de rojo, blanco y azul en el marco de la puerta principal de su negocio como impronta distintiva del oficio. Finalmente, don Pacho tenía su propia y modesta clientela que no requería de esos artilugios comerciales ni emblemas. Ni siquiera utilizaba el delantal blanco característico de sus colegas.

Casi en cada barrio del pueblo existía, al menos, una peluquería regentada por hombres, pues tan solo hasta comienzos de los sesenta el oficio se tornó incluyente de género; así las cosas, algunas damas incursionaron en el oficio y rebautizaron la actividad como salón de belleza. Con el tiempo aparecieron los estilistas.

Como inquieto practicante del fútbol también fui cliente de la peluquería de los hermanos Everardo y Javier Narváez, eximios futbolistas del Atlético Sandoná. Ese era el lugar predilecto de aficionados que recibían el servicio del corte de pelo, pero también era el escenario adecuado para opinar o sugerir alineaciones del próximo encuentro futbolero. O para el chimento doméstico, a secas. Los peluqueros eran una esponja discreta de comentarios peregrinos.

Me impresionaba ver a don José Félix Jurado arriesgar su arteria yugular en las gruesas manos de Everardo, quien magistralmente le rasuraba la barba y bigote de tanguero con una afilada navaja amolada en una piedra de características especiales, asentándola en un cuero de carnaza que pendía del gran sillón blanco giratorio. Una proeza casi suicida, si consideramos que Everardo era un beodo irredimible.

Entre las peluquerías más reconocidas, además de las mencionadas por mis afectos, recuerdo la de Hugo Cabrera, conocido cariñosamente como “Hugo Vaso”, la de los señores Luis, Edmundo y Azael Sánchez.

Meritorio reconocimiento a los hermanos Cabrera Rodríguez, quienes fundaron en un costado de la plaza Nariño, en Pasto, la renombrada peluquería Valle de Atriz.

En la orilla opuesta, afirman que don Laudino Obando ofrecía pan con café a sus clientes rurales, para retenerlos mientras les correspondía su turno. Un rudimentario e ingenioso ejercicio de marketing.

Los cortes de la época eran sobrios: desvanecido, Humberto, argentino, cuadrado o redondo. Para los adolescentes, nada más indignante que lo calvearán dejándole un pequeño y redondo mechón frontal. Tenía asegurada la burla o bulling en el salón de clase.

Al finalizar el procedimiento, el protocolo consistía en rociar la nuca con una cáustica mezcla de alhucema líquida en alcohol; retirar del cuello la toalla blanca impregnada de pelo; sacudir con un cepillo especial los hombros del cliente y, finalmente, recibir una caballerosa reverencia que indicaba el final del sacrificio.

Como toda actividad, la peluquería es dinámica, y de ser un acto higiénico y pulcro para otorgar una prolija presentación personal, ahora los clientes se apoyan en los progresos de la técnica para presumir de ser unas esculturas vivientes, por tanto se estilan cortes asimétricos, coloridos, sofisticados, y en absoluta rebelión con la moda. Pura y dura frivolidad juvenil.

Del uso moderado de tijeras, máquina artesanal, peines, cepillos y la mentada alhucema; ahora las micro cuchillas para procedimientos quirúrgicos son elementos que permiten mapear o realizar rutas y filigranas en la cabeza del cliente.

Incluso, en algunos salones citadinos de barber shop es usual que los caballeros puedan tomarse una copa de vino en la barra mientras llega su turno para consentirse. No hay tiempo para la tertulia provinciana de entonces, el celular arruinó cualquier momento para interactuar. Son otras épocas.

Para finalizar, ¿el título de la columna les parece familiar? Supongo que sí, pues es una frase acuñada por uno de los más queridos peluqueros locales: el finado Hugo Cabrera.

Noviembre 23 de 2021.

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Author: Miguel Cordoba

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