Darwin Atapuma, pedaleando contra el dolor

Foto: EFE
Tomado de
No quería ser
ciclista, pero pertenecer a un linaje de corredores lo llevó al
profesionalismo. Aprendió que la mejor forma de alejar las penas era montando
bicicleta
. Está disputando su segundo Tour de Francia.

En su recuerdo
más antiguo tiene presente que destruía para construir mas no para generar
caos. No controlaba sus impulsos. Algunas veces tomaba las tablas de la cama
que compartía con su hermano Álex y hacía una butaca. Otras, se inventaba una
silleta que tomaba forma de silla tras una detallada y meticulosa explicación
.
Así pasaba su niñez Darwin Atapuma en una casa en la que abundaban los
hermanos, pero ninguno contemporáneo. Desafiar la soledad lo llevó a una
búsqueda de la amistad, y en ese camino se topó con Jesús, el hijo de su
hermana Carmen, unos meses más joven que él. Fueron inseparables. Para donde
iba uno había que llevar al otro. Lo que pensaba uno lo ejecutaba el otro.
Todo fue
fraternidad hasta que a Jesús le dio por ir en bicicleta al alto El Espino y un
conductor testarudo lo atropelló. “No lo vi en la carretera”, dijo el hombre
que ese día olvidó prender las luces de su carro
y que notó que algo había
pasado cuando sintió el golpe. Tenía 14 años, la misma edad de Darwin. Ese
suceso fue su primer contacto con la muerte. Más adelante tendría una
experiencia peor. Lloró por dentro, sufrió en silencio y terminó aceptando lo
inevitable.
Ya había
madurado a la brava, ya no era “el rabito de mi mamá”, como le decían sus
hermanos, pues era imposible despegarlo de ella cuando chiquito. “Tranquilo que
ella ya viene”, era la mentira que le decían cuando doña María Berzabé se iba a
recoger papa o a sembrar maíz y no lo llevaba. Una frase alentadora que ahogaba
su berrinche, porque sí que era berrinchudo. En ese entonces vivía en Túquerres
(Nariño), con su hermano Remigio. La bicicleta ya era su medio natural de vida.
Llegó allí para cumplir el sueño de un linaje que vio en él la última
oportunidad de tener un ciclista profesional en casa. Por cumplirles a los
demás, por personificar sueños ajenos, por entrenar donde más le convenía, con
gran ambición, a pesar de la humildad.
“Se escapaba
para donde mi mamá y se escondía en las partes más lejanas de la finca para que
no lo encontráramos. Decía que quería trabajar en el campo y que no le
inteesaba nada más, mucho menos ser ciclista”, cuenta Álex
. Y aunque por un
tiempo se engañó y fue testarudo, terminó entendiendo que cuando el talento
viene, sólo es de tercos rechazarlo. Las victorias prematuras en categorías
superiores aceleraron el proceso. El triunfo derrotó el temor de no lograr nada
y disipó las dudas.
Durante cinco
años entrenó sin falta todas las mañanas con su hermano. Llenaban unas cuantas
caramañolas con agua de panela o malteada de bienestarina y tomaban la vía a
Ipiales o bajaban hasta El Pedregal por la ruta a Pasto, en un camino
serpentino y lleno de tractomulas y conductores imprudentes
. Incluso desafiaban
los prominentes huecos de la vía a Tumaco para no caer en el pecado de la
rutina. Después ambos trabajaban en Ciclotúquerres, la bicicletería de Remijio,
donde aprendieron a despinchar, a enderezar los aros y a raspar los marcos para
volverlos a pintar.
Remigio fue
quien le armó la primera bicicleta de ruta. Tomó un marco de acero, lo cortó a
la medida exacta, lo pintó de un azul aguamarina y le puso unas llantas de rin
27. “¡Uy! Esa cicla se ve deforme”, dijo Darwin cuando vio el resultado de la
improvisación, que con el tiempo simplemente fue una imperfección casi
perfecta
. Con ella ganó sus primeras carreras, derrotó a niños más grandes y
por fin entendió que ser ciclista era su mejor opción de vida, como si fuera un
pasatiempo y no una profesión.
La muerte
volvió a aparecer, esta vez antes del Giro de Italia de 2015, cuando se enteró
un día antes del inicio de la prueba que su mamá había fallecido. “Me duele el
corazón y, más que el cansancio del día, es el dolor de perder a mi madre
”,
dijo luego de que su equipo, en ese entonces el BMC Racing, terminara séptimo
en la contrarreloj que abrió la Corsa Rosa. Sus lágrimas conmovieron al país;
su valentía aún más. La nobleza de atender a los medios en un momento de
resignación demostró sencillez. El recuerdo aún le provoca llanto. En esa
carrera expulsó el dolor con cada pedalazo y homenajeó a su madre con el puesto
16 de la clasificación general.
Avanzando con
la potencia de sus piernas y corriendo diferente cada día para poder cruzar la
meta en solitario y así mirar al cielo en una dedicatoria silenciosa, Darwin
Atapuma, uno de los siete colombianos que disputan la edición 104 del Tour de
Francia, buscará terminar por primera vez la ronda gala
, algo que no pudo hacer
en 2014 cuando una caída lo obligó a retirarse en la séptima jornada.

Estar ahí, entre los mejores del mundo es, en
parte, la retribución al esfuerzo de una familia que trabajó para él. Ese niño
que en la categoría juvenil dejó muchas veces regado en la montaña a Nairo
Quintana en una que otra competencia
, aplicó a la lógica para ser un pedalista
World Tour, algo que simplemente no añoraba cuando en lo único que pensaba era
ser un campesino nariñense al igual que su madre.

Nota original:

http://www.elespectador.com/deportes/ciclismo/darwin-atapuma-pedaleando-contra-el-dolor-articulo-701837

Author: Miguel Cordoba

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