Días especiales

Por John Jairo
Rodríguez Saavedra

@johnrodriguezs

Cartagena, 6:35
p.m.

La presentadora
del evento anuncia el comienzo de la ceremonia en medio de 2.500 invitados,
entre presidentes, cancilleres y otras personalidades. Lee el orden de los
intervinientes: Ban Ki-moon (secretario general de las Naciones Unidas),
Rodrigo Londoño (comandante de las Farc) y Juan Manuel Santos (presidente de
Colombia)
.

La presentadora
dice: “Quiero invitarlos a uno de los momentos más emotivos de esta ceremonia.
Preparemos nuestros corazones. Un minuto de silencio por todos los colombianos
ausentes por este conflicto”. Suena una corneta, se izan banderas blancas, el
sonido de un viento fuerte acompaña a la corneta, y una vez terminado el minuto
de silencio, les da paso a las Alabaoras de Bojayá, municipio del departamento
del Chocó en donde en mayo de 2002 un cilindro bomba de la guerrilla mató a 79
personas, las mismas que hasta hace poco se vestían de negro para cantarle al
luto de la guerra, y ahora le cantan a la paz
.
Nos sentimos
muy contentos, llenos de felicidad, que la guerrilla de las Farc las armas van
a dejar. Santa María, danos la paz…”
. Eso cantaron, e hicieron llorar a muchos…

Bogotá, 6:37
p.m.

La Plaza de
Bolívar de Bogotá empezó a llenarse. Había personas con globos blancos en la
mano. Había niños montados en las nucas de sus padres. Había familias enteras
con pancartas alusivas a la paz. Había músicos y música en la tarima frente al
palacio Liévano
. Hasta el sol, generalmente picante e incómodo en esta ciudad a
ciertas horas, sólo calentaba lo suficiente, abrigaba amigable y no peleaba con
nadie. Es más: la luz que proponía le daba a la Catedral Primada y al Capitolio
un aire de paisaje europeo digno del Instagram de Joshua Lott.
Policías de
todos los rangos custodiaban la plaza. Dos jóvenes, patrulleros tal vez, al pie
del Palacio de Justicia, sonreían
, compartían un helado al lado de un grupo de
señoras de sombrero que sentadas en el piso esperaban la hora del anuncio en
las pantallas gigantes instaladas al lado de la tarima.
Una chica
rubia, alemana tal vez, se había pintado el rostro con los colores de la
bandera colombiana, y buscaba tranquila un lugar para ubicarse. Se le veían
raros los colores de nuestra bandera pintados en sus mejillas. Le lucían, pero
no tanto como a la niña afro que caminaba de la mano de su padre y a quien le habían
estampado el amarillo, azul y rojo en su cachete izquierdo
.

La congregación
se comportaba un poco rara. Era como si todas esas personas se conocieran de
siempre, como si por fin hubieran entendido que eran de los mismos, del mismo
país, de la misma casa, del mismo territorio. Lo cierto es que estaban a punto
de ponerle fin al mismo dolor, a la misma herida, a la misma tristeza, y así,
el evento programado para las 5:15 de la tarde parecía una fiesta de muchos
primos en una finca de la sabana de Bogotá
.
Esto es una
vaina histórica, decía un señor de acento paisa, elegante, con una media
botella de aguardiente en el bolsillo
que no sé cómo metió a la plaza después
del retén que había instalado la Policía en las entradas.
Daban ganas de
llorar.
Daban ganas de
reírse.
Daban ganas de
abrazar al primero que pase.
Daban ganas de
gritar.

Un turista
brasilero, una española psicóloga de una ONG que trabaja por los derechos de
las mujeres, un empresario de zapatos del barrio Restrepo, un rapero, una
abogada especializada en Derechos Humanos, una concejal de Bogotá, un
estudiante de la Universidad de los Andes. Todos coincidían en algo: la
esperanza de Colombia, la posibilidad de acercarse a la paz, empezaba a ser
real. Lo que estábamos viendo en las pantallas, si no era la felicidad
completa, por lo menos era un pedazo, y para quien como nosotros nació en el
país durante la guerra y vivió bajo su sombra casi toda su vida, un pedazo de
felicidad le alcanza para llenar el equipaje de los próximos trescientos años
.
Cartagena, 6:45
p.m.

Alejandro
Ordoñez, Álvaro Uribe, Paloma Valencia, Alfredo Rangel, José Obdulio Gaviria
(después lo supimos por una foto), resignados, con el rostro a punto de
salírseles de los huesos y de caerles al suelo como agua, miraban por televisión
en una linda casa de paredes amarillas, su derrota más visible, la estaca en
sus corazones de Frankenstein: el triunfo de un país que parará de sangrar, al
menos un poco
.
John Jairo
Rodríguez Saavedra

26 de
septiembre/ 2016

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Author: Miguel Cordoba

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