El rodillo de Sandoná

Por Miguel Ángel Santacruz

Es una piedra grande, fina que pesa aproximadamente 3 toneladas, redondeada posiblemente por Noé Martinez, conocido como “El Manije”, un cantero de profesión a quien conocí en el año de 1.9449. Recuerdo muy biela que le faltaba dos dedos en su mano izquierda y fue tallador de piedra con cincel y maceta; con ese rodillo se aplanaron las calles de Sandoná, a la que tanto queremos,

El combustible que utilizaban las autoridades municipales no tenía IVA del 19 por ciento, lo importante era que la cárcel tenga presos, comandados por el temible “Copetón”.

¿Quiénes eran los presos? Aquellos guaicosos que se robaban una gallina, o un racimo de plátanos verdes para preparar un sancocho picado con las uñas de las manos de sus esposas. La otra parte del combustible, la aportaban los jóvenes que por primera vez recibían la cédula de ciudadanía a los 21 años, al igual que los sastres, zapateros, peluqueros, carpinteros, panaderos y algún borrachito con chancuco; todos ellos tenían que aportar dos peones subsidiarios para que no lo señalen de enemigo de la buena presentación del pueblo no lo multen.

En consecuencia, mientras los presos hacían el oficio de bueyes jalando el rodillo, los peones subsidiarios hacían el oficio de mulas apuntalándose, de lo contrario se los podría llevar el diablo pues el lazo se lo amarraban a la cintura para frenarlo.

El rodillo tenía dos orejas, como nosotros, con la diferencia de que son de hierro colado, soldadas con cautín posiblemente por don Gonzalo Delgado (el mayor), con soldadura traída del Ecuador; en esa época no se conocía la autógena menos la eléctrica.

Señoras y señores desde el otro siglo, ese rodillo cuenta nuestra historia, en cierta forma es un símbolo, que lo está tapando la maleza en el estadio Cañaveral, ante la mirada indiferente de troyanos y perencejos.

Esperamos que los encargados del ornato del pueblo y especialmente los historiadores lo rescaten y le busquen un sitio apropiado. Se sugiere en la “Entrada del Monte”, en el parque del Barrio San Francisco.

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Author: Miguel Cordoba

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