General Avelino Rosas, otros documentos sobre su muerte

Por J. Mauricio Chaves-Bustos
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En el artículo “El cadáver del General Avelino Rosas, El león del Cauca” (2020), dimos cuenta de un curioso documento publicado en la revista Las Lajas, donde se transcribe una nota del prefecto de la provincia de Obando, fechada el 21 de mayo de 1907, señalando que el cuerpo del general Rosas había sido sustraído de Ipiales por masones de Ecuador, Cuba o la misma Colombia.

Hoy contamos con mayor información al respecto, aunque aún subsisten profundas lagunas, como se leerá a continuación. En abril de este año recibimos una sorprendente noticia de parte del historiador Leonidas Arango, quien ha dedicado años a desentrañar la vida del ilustre general caucano, dando nota de que en el Cementerio Central de la ciudad de Bogotá reposaba nada más ni nada menos que el cuerpo del General Avelino Rosas, compartiéndonos una foto de la lápida que contiene sus restos, así como de los de su hijo Gonzalo (marzo 26 de 1916). Llama la atención que la fecha que aparece al lado del nombre del general, noviembre 21 de 1902, no tiene ninguna relación aparente, ya que éste fue asesinado el 20 de septiembre de 1901 en el municipio nariñense de Puerres. Ahí su cuerpo fue ultrajado, llevado a Ipiales, donde recibió el mismo trato por parte de los conservadores triunfadores en la contienda, para ser finalmente rescatado por Avelino Vela, quien con seguridad lo depositó en el cementerio de Ipiales. Si llama la atención que esta fecha corresponda con la del Tratado de Wisconsin, noviembre 21 de 1902, con la cual se pone fin al conflicto de la Guerra de los Mil Días.

Foto: Leonidas Arango

Hay mucho misterio tras el cuerpo de Rosas, para confirmar esto transcribimos una nota publicada en el periódico La Organización (Medellín, marzo 6 de 1908): “Comunica el Sr. Julián Bucheli al Sr. Ministro de Gobierno, que ha descubierto las cenizas del General Ave1ino Rosas. Parece que fueron extraídas por un conservador por encargo de un liberal”. Julián Bucheli ejercía entonces como gobernador de Nariño (1904-1909), militante del partido conservador, había logrado la creación del nuevo departamento como consecuencia del triunfo de este partido en la guerra de los Mil Días, aún en contra de la posición de los liberales de varias provincias. Coincide esta nota con la de Ipiales, sin que permita aclarar la fecha de la lápida que está en Bogotá, de donde se pueden conjeturar varias hipótesis:

1. El cuerpo fue llevado en secreto de Ipiales a Bogotá en 1902 y enterrado en el Cementerio Central. 2. El cuerpo fue sustraído de Ipiales en 1907 y llevado a Pasto, siendo encontrados en 1908. 3. El cuerpo fue enterrado en Bogotá después de 1908 y se le puso una fecha equivocada a su muerte.

Habiendo vencido los conservadores en Puerres, cimentaron un poderío en el territorio que se trasluce con la creación del departamento de Nariño, como se ha mencionado ya, así como la designación de gobernadores -los tres primeros generales de esta guerra-, prefectos y alcaldes de este partido durante varios lustros. Esto permitió que los liberales debieran o huir hacia otros lugares o aceptar las condiciones que se les imponía, de tal manera que el trato que se le dio al cuerpo del general Rosas trasluce una posición de soberbia y revancha por parte del partido de gobierno frente a los vencidos, de ahí el misterio que rodea este asunto.

Y como si lo anterior fuese poco, recibimos de parte del padre Luis Felipe Huertas Alomía en Puerres, un documento que demuestra lo dicho, ya que desde el momento mismo de la captura de Rosas se desconocen todos los protocolos de guerra para el tratamiento de los vencidos. El documento, inédito hasta ahora, aparece en el Libro de Bautizos de 1901, el cual transcribimos a continuación:

Nota. Desde los primeros días del mes de agosto empezó completa anormalidad en la parroquia,  a causa de haberse adueñado el infame liberalismo de toda la región de Potosí hasta “Santa Rosa” y “Currumbatíz”, con clara y marcada tendencia a hacerse a las famosas posiciones de Males y pasar a este pueblo. Así sucedió, primero con una derrota sufrida por esta policía el día diez y siete, casi desde “Tola Alta”, a donde había avanzado por orden de sus jefes inmediatos; segundo, en la sorpresa recibida por la misma policía en “Chiguacos”, el día veinte; desde entonces quedó el enemigo instalado en la zona de Males, siendo el cuartel general en “Santa Rosa”. El veintiocho asaltó esta población, entre las dos y media de la mañana; salvé la gente haciéndola huir. El veintinueve y treinta se combatió favorablemente desalojando al enemigo aún de Males; pero no se aprovechó la victoria porque no llegaba aún el parque ni el Batallón “Calibío”- 12 del Cauca -, primer cuerpo veterano recibido en los años de guerra. Se abandonó, pues, Males y fue cuartel general este pueblo desde el día primero de septiembre con los batallones 4º, 5º y 7º y las policías de Pasto, Funes y Puerres. El día diez y nueve pasó el difunto coronel D. Eliecer Payán y campó a Males con cien hombres; fue derrotado y muerto y todos al fin fuimos arrollados hasta este pueblo con pérdida de mucha gente y municiones. Esa noche se restituyó la calma con la llegada del “Calibío” desde el “Contadero”, y con el arribo del general Gustavo S. Guerrero y de la famosa policía de Pupiales. El día veinte se combatió desde las cinco de la mañana, siendo el blanco del combate los batallones “Calibío”, 4º y parte de esta policía con la de Funes por el lado de Tescual, por donde cargó el general Avelino Rosas con mil y cien hombres, y con lo accesorio de su fuerza por Males. A medio día fue la derrota completa, habiendo sido herido y preso el mismo Rosas por el teniente “Félix Buitrago y por los soldados Félix Chamizo y Guillermo Arévalo”, todos tres del “Calibío”. Rosas murió como católico, lo mismo que su secretario José María Caicedo (compinche), de Sapuyes. Así terminó la revolución en el sur el día veinte de septiembre de mil novecientos uno, siendo prefecto D. Avelardo Burgos, jefe de operaciones D. Juan E. Moncayo, jefe de E.M. el Dr. Gustavo S. Guerrero, jefe de esta plaza D. Adolfo Guerrero (zorro) y alcalde Manuel de J. González.

Guarde esta nota para la historia y para gloria de este pueblo, excepcionalmente católico y teatro de la segunda tan sangrienta parte de la guerra.

El párroco y capellán castrense:

José Benjamín Arteaga.”

Facsímil del documento encontrado en Puerres

Curioso documento, ya que nada dice de los asesinatos de Rosas, a manos de Chamizo por tiro de fusil, y de José María Caicedo, a manos de dos soldados también del batallón “Calibío”, a quienes no se les siguió ningún proceso. De Caicedo se ha dicho que era oriundo de Pasto y que tenía el grado de mayor, en los documentos encontrados se aclara que era Sargento Mayor y que su ciudad de origen era Sapuyes.

José Benjamín Arteaga efectivamente fue capellán castrense de los conservadores en el Sur de Colombia, figura además como socio correspondiente de la Academia Nacional de Historia en 1927, autor del libro “Apuntamientos sobre Mayasquer y Cumbal” (Pasto, 1910; Bogotá, 1913), de los artículos “La ciudad de Santander” (Bogotá, 1926) y “La incautación y rescate de las joyas de la iglesia de barbacoas, 1821-1921” (Pasto, 1927). Víctor Sánchez Montenegro dice que nació en Ipiales, además anota lo siguiente: “Tenía fama de ser uno de los más excelentes conversadores, pleno de amenidad aun cuando matizaba sus charlas con brillante imaginación muy cerca de las exageraciones intrascendentes”. 

En el periódico El Tiempo de la ciudad de Guayaquil, dirigido por Luciano Coral, fechado el jueves 5 de abril de 1900, se incluye un documento que transcribimos por estar relacionado con la guerra de los Mil Días en el sur de Colombia, donde se muestra el fanatismo de Arteaga, siguiendo de esa manera los lineamientos poco ortodoxos del obispo de Pasto, Ezequiel Moreno Díaz:

General Avelino Rosas Córdoba, óleo, autor desconocido (Cortesía de Teresa Mendoza Chaves)

Carta curiosa sobre el combate de Cascajal, Colimba y Simancas. Jesucristo dispara contra los liberales. El documento al que se refiere nuestro corresponsal en campaña en la carta que publicamos ayer, venida de la hacienda “Laurel”, se titula: “Carta del señor presbítero don José Benjamín Arteaga, Capellán del batallón 12º de vanguardia del ejército del Sur, al ilustrísimo señor obispo de Pasto, sobre el triunfo del Ejército Católico contra el Ejército Liberal en el combate habido en los campos de “Colombia” (Colimba sic), “Cascajal” y “Simancas” en el día 23 de enero de 1900”, en el cual se ve claramente que este célebre fraile empuñó también el rifle para defender la………  Religión.

Copiamos como muestra los siguientes acápites:

“Este batallón Túquerres que sirvió de modelo en denuedo y valor el 23 de enero en el campo del honor, fue también el que en los días antes de este suceso de trascendencia, rindió sus armas a la Reina del Cielo en su santuario de “Las Lajas” derramando sus corazones ante lo que a boca llena proclamaron conmigo su tierna Madre, su Escudo, su Defensa y su Victoria……….   Yo gritaba con frecuencia Viva Jesucristo! Estos gritos les daba renovado aliento, y parece que de hecho Jesucristo vivía en cada corazón, y movía los brazos y enderezaba los tiros!!! Al percibir, pues, un grito de estos, uno de los jefes enemigos vestido con uniforme ecuatoriano, y quien dirigía una de las guerrillas de oposición, me contestó: clérigo, bandido, ándate…. y aquí un improperio de estilo liberal. Al punto vi balancearse al desgraciado, acudí, pero era tarde: un balazo del cuello al cerebro y dos más le quitaron la vida, con lo que arrojó su guerrilla y se derrotó”.

Herido Rosas en una rodilla en el sitio denominado “La Laguna”, es atrapado e identificado por el capitán Santacruz, quien ordena conducirlo a una casa esquinera de la plaza de Puerres, donde funcionaba el Estado Mayor de las fuerzas conservadoras, notificando al general Zarama. El general Gustavo S. Guerrero da órdenes para que el párroco castrense, es decir Benjamín Arteaga, lo asista no en su salud, que tanto lo necesitaba, sino espiritualmente, éste llega a las 5:30 aproximadamente, al ver que no peligra de muerte sale a buscar al sacerdote José Manuel Bravo para que lo asista, a los pocos minutos, entra Chamizo y hiere a tiro de fusil al general, es decir en el interregno entre la salida de Arteaga y la llegada de Bravo es cuando sucede este hecho. A las 5:45 fallece Rosas, no sin antes recibir del sacerdote un vaso de agua y una almohada. Según testimonio presencial del teniente Alejandro Rueda Llorente, entonces de 16 años, quien se encontraba también prisionero, a las 6:00 pm entraron dos individuos y disparan a quemarropa contra Caicedo, falleciendo diez minutos después.

El padre José Manuel Bravo, de Contadero, es quien lo asiste en el lecho de muerte (Ponce Muriel), aunque se habla de tres sacerdotes: N. Ospina, José Manuel Bravo y Otoniel Vergara (Montezuma Hurtado), y el propio José Manuel Bravo en unas memorias que no hemos podido encontrar, pero si apartes en el libro del padre Luis Alberto Coral quien anota: “Miré a Rosas tendido, al verme me saludó cortés y atento. Pasados unos minutos de silencio me dijo: El sacerdote es el mejor amigo, después el general me pidió un vaso de agua, le suministré con mi propia mano, luego yo mismo le conseguí una cobija y una almohada. Rosas murió como todo un cristiano, añade el sacerdote: apretando contra su corazón el Santo Cristo, con fe y amor invocó el nombre de la Santísima Virgen María. Más allá del sigilo sacramental, nada se puede indagar y divulgar, con eso el sacerdote Bravo, cierra la serie de respuestas con estas palabras: Lo que pasó entre el penitente y el confesor sólo Dios es testigo. Dios que lo juzgó y me ha de juzgar a mí.” Curiosa coincidencia que salga el cura Arteaga para buscar al confesor, pudiéndolo hacer él mismo, y que en ese interregno un energúmeno soldado dispare contra la humanidad del general que yacía ya herido.

Se deduce a todas luces el interés de los sacerdotes, en su mayoría conservadores, de mostrar el arrepentimiento de Rosas, quien supuestamente abjuró de sus creencias y abrazó el catolicismo al momento de su muerte. Desde luego, meras especulaciones de los vencedores buscando indulgencias para sus propios pecados.

Author: Miguel Cordoba

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