Juanita Castillo, la Mama Grande

Por Roció Arias Hofman
Tomado de www.sentadaensusillaverde.com

A nadie se le había ocurrido pensar que la Mama Grande fuera mortal, salvo a los miembros de su tribu… / Gabriel García Márquez

Cocino para mi familia mientras concibo este texto. Ha sido la única manera de espantar el desasosiego que siento ante la abrupta partida de una mujer inmensa. Busco concentrarme en mi prosaica intimidad para convocar la memoria de Juanita Castillo, arrebatada de esta vida por el virus infernal. Pico un diente de ajo, alisto puntas de espárragos, sazono pollo con sal y pimienta, voy elaborando salsa de tomates. Necesito ocupar mis manos, permitirme la emoción, dejarle la puerta abierta a los recuerdos innumerables que vienen cuando se saben recibidos. El hervor de los alimentos va apaciguando la marejada.


Borbotea el agua sobre el arroz y siento que me hundo en cada uno de esos pequeños cráteres. Por estos túneles retorno a las grandes ollas golpeadas que la artesana con “A” mayúscula disponía en el último piso de su casa en Sandoná, unas cuadras adelante de la plaza del municipio nariñense, al sur de Colombia. En esos recipientes de hierro, humeando sobre leños prendidos, sumergía a diario los atados de palma de iraca con sus tintes diluidos. Un ritual que perdía su origen en el principio del mundo. Al menos de aquel de Juanita Castillo. La niña que con siete años aprendió de su abuela a amansar la fibra vegetal, a peinarla, a prepararla para el baño caliente, a secarla. Para luego trenzar las espigas delgadísimas y convertirlas en tejidos tan amables como caricias. Un quehacer que durante décadas debió hacerle mella en sus pulmones. Pero de eso, de su salud, poco hablaba Juanita salvo cuando sus piernas comenzaron a jugarle malas pasadas y debía aguantar estoica, de pie, atendiendo una incesante actividad comercial. En esos instantes un viento frío, como el que orea los manojos de paja toquilla en la azotea, veteaba sus ojos almendrados.

Hace una década, Juanita Castillo resolvió crear una asociación en esa tierra de abruptos confines verdes, tan afilados y tan bellos que se dirían esculpidos por alguien profundamente atribulado pero dotado para las más bellas artes. A una hora y media de Pasto, capital del departamento, está el pueblo en el que Juanita dio aliento a mujeres campesinas que -como ella- nacidas en veredas vieron en las palmas de iraca una fuente de ingresos para siquiera comer, quizá estudiar, ojalá prosperar. Primero fueron diez, luego treinta y con el voz a voz se multiplicaron hasta ser más de doscientas. Juanita Castillo se convirtió silenciosamente en la madre amantísima de todas ellas. Mujeres cansadas y a punto de vencerse por las dificultades propias de un campo olvidado, del abandono de muchos de los maridos, de los hijos que crecían bajo sus faldas. Así nacieron a otra vida con una oportunidad y un nuevo nombre: las Juanitas.


Según el informe de Caracterización de mujeres artesanas elaborado por el Sistema de Información Estadístico de la Actividad Artesanal (SIEAA) en 2019, el 71.7% de las personas que desempeñan oficios artesanos en el país son del género femenino. Como las Juanitas. El 45.8% tienen más de cincuenta años. Como las Juanitas. La mayor parte de todo este grupo se reconoce en situación de vulnerabilidad y su nivel educativo es menor -con mayor índice de analfabetismo- que el de los hombres. Como las Juanitas. El 72.7% elabora las artesanías en la vivienda. Como las Juanitas. Sólo el 28.5% de los artesanos encuestados (31.003) pertenecen a una asociación. Como las Juanitas. El 43.6% se iniciaron en el oficio porque alguien de la familia o persona cercana les enseñó. Como las Juanitas. Las piezas artesanas que salen de sus manos son en un 56.3% de origen vegetal. Como la iraca lo es para las Juanitas. Y el 82.5% de las personas evaluadas en esta encuesta que compone el “Panorama Artesanal Ilustrado” perciben menos de un salario mínimo por su labor. Como las Juanitas. Porque son trabajadoras independientes como revela el 82.7% de este análisis. Como las Juanitas. Gracias a Juanita Castillo, su asociación es de las pocas que logra participar en ferias (el 27.9%).

En sus cuadernos de hojas cuadriculadas, Juanita Castillo anota todo. La lista de las artesanas que se llevan cada sábado los atados de fibra lista para ser tejida con encargos precisos de modelos de sombreros o de canastos. Los fiados que siempre hace a quienes no les alcanza la plata. El crédito que ella misma pide al proveedor de la palma que viaja desde el cercano pueblo de Linares a venderle bultos a menor precio que en la plaza. Columnas de números donde suma ventas y envíos. Anotaciones de personas y sus números de teléfono que la llaman desde Bogotá, Ibagué o Miami. Abierta y generosa como uno de sus magníficos abanicos, Juanita Castillo me deja leer su caligrafía y permite que averigüe sobre su manera de negociar, su organización social, la necesidad de tener cuenta bancaria y su taller de formación para las artesanas.


En el segundo piso del pequeño edificio que ocupa la familia que conforma Juanita Castillo con su afable esposo Guido y su hija adolescente se sirve tinto a cada rato. Juanita es prolija conversando, una cascada de risas permanente. “A mí me gusta pelar el diente cuando tejo. Y eso, lo de sonreír se lo digo a mis artesanas. Porque no las quiero ver bravas. Hay que ponerle amor al tejido” repite. Los cuatro tramos de escaleras de cemento en su taller-hogar-local comercial sirven para colgar los atados de iraca ya listos para tejer. Si no fuera por alicates, tijeras, pinzas y agujas que se ven por todos lados parecería una peluquería para mujeres desmelenadas.


Juanita Castillo, siempre pendiente de cualquier oportunidad comercial que sembrara confianza en su grupo de Juanitas participó en numerosas ediciones de Expoartesanías y Expoartesano -ferias anuales organizadas por Artesanías de Colombia- así como en otras convocatorias regionales. Vital y robusta, Juanita no se cansó nunca de cargar bultos de sombreros, individuales, esferas, bolsos y canastas a través de terminales de buses que permitían sus traslados constantes. Y con ella viajaba su piedra y su iraca: para realizar demostraciones de oficio en vivo; para sencillamente tejer en los ratos muertos que dejan las agotadoras ferias. 

Esa dimensión de virtuosismo técnico y su incansable capacidad para transmitir conocimiento a sus Juanitas la llevaron a ser reconocida con la Medalla Maestría Artesanal, categoría Tradición, en diciembre de 2018. Tuve la fortuna de participar como jurado en la entrega de este reconocimiento. Ahí, la mujer consagrada afirmó: “Así es que las Juanitas sobreviven. Este premio será para comprar y soportar mejor nuestra asociación. Somos muchas, que Dios nos bendiga”.


La muerte de los mayores (quienes acumulan la experiencia, no solamente edad) significa un durísimo golpe para la tradición artesanal. En sus mentes privilegiadas, capaces de guardar la abstracción de figuras, movimientos y significados simbólicos, y en sus entrenadas manos que logran tejer a una velocidad asombrosa reposa la sabiduría de cada oficio. Que Juanita Castillo ya no esté arropándose con el chal de lana rosada sus hombros nos obliga a reconocer cuánto conocimiento se ha ido con ella y eso que apenas tenía 59 años. 

Ella es la Mama Grande en el sentido más superlativo que Gabriel García Márquez le dio a este nombre. Porque Juanita Castillo abarca el territorio, la existencia cotidiana de familias completas y la intimidad de miles de personas que hemos sido tocadas por una contentura repartida como si nunca fuera a acabarse. Por eso sus funerales deberían ocurrir en este mundo y en el otro. El llanto por su partida habría de ser escuchado en el interior de los cauces de los ríos y sobre la cresta de los mares. Nos tendríamos que estremecer y perder el aliento. Pero lo único que no podríamos hacer es abandonar su herencia, la inmensa tarea pedagógica que dejó a su paso. Un día le comenté a Juanita: “Ahora se escriben muchos libros de cómo hacer empresa y convertirse en eso que llaman una mujer empoderada. Tú, sin haber leído ninguno, eres una biblioteca andante sobre cómo ser una mujer exitosa”. Sonrió y me agarró las manos para dejarme en ellas un puñado de frutas diminutas tejidas en su fibra amada, la iraca. 

Juanita Castillo, tan elástica y versátil, capaz de comprender rápidamente la evolución vertiginosa del diseño contemporáneo y la tarea de la cocreación. Por eso, cuando la invitamos a participar con sus Juanitas en la colección Moda Viva 2017 impulsada por el Programa de Moda y Joyería de Artesanías de Colombia, se abrieron inimaginables (hasta entonces) posibilidades para evolucionar creativa y comercialmente.


Para Ángela Galindo -coordinadora de este programa- “el llamado de la identidad llena de contenido nuevos proyectos de vida. Aquellas herederas del quehacer de la tejeduría llevan consigo la responsabilidad de ser las custodias culturales de su patrimonio. Cada pieza que se haga a partir de ahora será un homenaje a Juanita Castillo y a todas las maestras que con su sabiduría enaltecen el ser artesano”. Y añade: “aprendió este oficio de su madre María Cecilia y de su abuela Dolores. Su memoria representa la dignificación y preservación del saber ancestral de sus costumbres, creencias, tradición oral, quehaceres del hogar, crianza de especies menores de animales domésticos y la atención a la familia”.

De esa primera serie de sombreros desflecados e imaginativos canastos siguieron abanicos y clutches bajo la dirección creativa de las diseñadoras Juanita Gil, Olivia Wilches y Jennybeth Iguarán. Piezas en tendencia cuyos colores y siluetas atraparon la atención de numerosas seguidoras de la moda. Enseguida vinieron los contactos con empresarias y directoras creativas de marcas establecidas en el mercado. Los proyectos productivos comenzaron a surtir la agenda de las Juanitas gracias a la fe que en ellas depositaron diseñadoras como Natalia Baquero, Lina Osorio y Carolina Melo. Ellas también suman su llanto a este río de lágrimas que brotó el viernes 11 de junio de 2021.


Me escribe Natalia Baquero desde su taller en Quebec, Canadá: “en 2016 conocí a Juanita en su pueblo y en un viaje siguiente su familia me recibió en su casa por ocho días. Mi vida cambió por completo. Me di cuenta que el amor por el oficio y la dedicación constante a los proyectos que salen del corazón solo trae frutos. Los valores de familia y comunidad son un ingrediente clave para crecer, no solo como negocio sino como personas. Juanita enseñaba a sus mujeres desde el momento en que se levantaba. Recibía a todo el mundo a desayunar, compartía café con azúcar y empanadas de arroz a todos los que entraban a trabajar o simplemente a saludar. Yo observaba y tomaba notas en mi corazón, nutriéndome cada minuto de mi visita de la riqueza humana en la que viven las artesanas en el taller. 

En estos días, antes de su muerte, estaba trabajando uno de sus sombreros en mi espacio. Con el vapor de la plancha podía oler la palma de iraca fresca, como si estuviera recién salida de la tierra. Sentí el alma de Juanita en esa paja y sólo ahora siento alivio que su legado está en todos los que la conocimos y tenemos el placer de poseer sus obras de arte. Yo no soy tejedora de palma, pero sí de sueños y estoy segura que ese era el lazo más grande que había entre Juanita y yo. Juanita: estaré allí siempre para la comunidad, para su familia, para usted. Gracias por enseñarme. Se que usted me cuida donde esté y que cada sombrero que hago brilla con su amor”.

La especialista en el arte de la sombrerería Lina Osorio recuerda a la maestra artesana: “Juanita siempre en cada uno de nuestros corazones. Un ser maravilloso que vamos a extrañar mucho”. Por su parte, Juanita Gil y Jennybeth Iguarán -hoy cofundadoras de Matamba Artesanal- la despiden con un compromiso: “Honramos su vida y enalteceremos su legado con las artesanas de Sandoná, Nariño. Descanse en paz”.


Junto a Carolina Melo, Juanita Castillo logró lo que ella llamaba “un sueño muy loco” pues la especialista colombiana desempeña la coordinación y producción de la primera iniciativa comercial de la compañía española de lujo Loewe interesada por la tradición de cestería en Colombia. Ambas, Carolina y Juanita, se pusieron a trabajar con ahínco. El resultado revela que no es una quimera desear lo que la directora creativa de accesorios de la marca, Ana María Holguín, ha calificado como “lograr la excelencia en la moda artesanal colombiana”. Les comparto imágenes de esta primera sesión fotográfica con canastos y carteras salidas -hace solo unas semanas- del taller de Sandoná desde el que la Mama Grande demostró que ella, Juanita Castillo, iba a reinar más allá del tiempo.


Sólo faltaba entonces que alguien recostara un taburete en la puerta para contar esta historia, lección y escarmiento de las generaciones futuras, y que ninguno de los incrédulos del mundo se quedara sin conocer la noticia de la Mama Grande, que mañana miércoles vendrán los barrenderos y barrerán la basura de sus funerales, por todos los siglos de los siglos. / Gabriel García Márquez.

Nota original:

http://www.sentadaensusillaverde.com/publicacion/juanita_castillo_la_mama_grande/927

Author: Miguel Cordoba

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