Oración de grado

Palabras en el acto de graduación de bachilleres 2011 de la institución educativa Santo Tomás de Aquino
Sandoná, diciembre 3 de 2011
Por Alejandro García Gómez
Sandoná, 26 de junio de 1970: Cecilia López, Ruby Montezuma, Fernando Rosero, Guillermo Palomino, Carlos López, Luis Arcos, Franco Fajardo, Hernando Morán Montezuma a quienes rindo un homenaje en su memoria, y otros catorce jóvenes sandoneños y sandoneñas, a las cuatro de la tarde esperábamos con las familias los comienzos del acto de nuestra graduación.
Éramos la segunda promoción de bachilleres del, en ese entonces, Instituto Santo Tomás de Aquino, de un Sandoná que empezaba a disfrutar, con muchos altibajos y con antenas de aumento de señal, los booster, el primer canal de televisión nacional, en blanco y negro, que al resto del país había llegado desde 1954, con el mandato del gobierno del General Rojas Pinilla, y a nuestro Depto. en la década del sesenta, con la instalación de la torre repetidora sobre el Volcán Galeras.
Antes de 1969 sólo podían aspirar a terminar estudios secundarios los hijos de las familias sandoneñas con alguna solvencia y facilidades para enviarlos a Pasto o a otras ciudades o poblaciones vecinas. Los estudios universitarios eran aún más difíciles, casi imposibles, pero quizá todos soñábamos esa tarde de viernes con que la diosa fortuna nos tendría entre sus elegidos, revestidos claro está de la tenacidad y creatividad, que es un patrimonio sandoneño. Nos sentíamos armados con los silogismos aristotélicos, las enseñanzas de la filosofía platónica, los estudios a vuelo de pájaro de Kant, Nietzsche, y otros grandes, los tediosos fragmentos de las Elegías de Varones Ilustres de Indias de don Juan de Castellanos, el romanticismo de Víctor Hugo, el Modernismo de Rubén Darío, la poesía de los latinoamericanos como Santos Chocano, de los colombianos como Guillermo Valencia y sus Camellos que sólo los conocíamos en las láminas de los libros y luego en la recién llegada televisión a blanco y negro; las reacciones químicas de los metales, de los no metales y de los hidrocarburos; y los problemas matemáticos de tangentes senos y cosenos, de límites, derivadas e integrales. Cada uno había tomado de aquello que más le atraía y lo había hecho propio. Yo empezaba a sorprenderme a escondidas con el libro “El origen de la vida” del ruso Alexander Oparín, con sus planteamientos químicos para formular hipótesis biológicas sobre los orígenes de las células, que eran la vanguardia de la ciencia de ese final de la década del sesenta e inicios de la del setenta. Disfrutaba con “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano, llorando en algunos de sus pasajes e indignándome en otros, tanto como cuando a escondidas leía “Petróleo colombiano, ganancia gringa” del ingeniero Jorge Villegas, por el descaro que mi mente juvenil descubría en nuestros gobiernos que habían entregado nuestros recursos naturales renovables y no renovables. Dos folletos me había deslizado una mano amiga y los leía con igual o mayor sigilo que el que tenía cuando niño me subía al naranjo de la huerta de mis tíos abuelos Pina y Jenaro López a leer las revistas de aventuras que me prestaba mi amigo y compañero de escuela Guillermo Delgado, y que con él a escondidas las sacábamos de los baúles donde las guardaba su hermano Benigno en el soberado de su casa porque adivinaba mis ganas leer; esos folletos clandestinos, que hoy se los consigue hasta en las bibliotecas de centros religiosos eran el “Manifiesto del Partido Comunista”, de Karl Marx, absolutamente prohibido entonces y el texto del discurso “La Historia me absolverá”, que fue la defensa que el abogado Fidel Castro hizo de sí mismo ante el tribunal de justicia de la Habana por su osadía de haber planeado y comandado el Asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 contra la dictadura de Fulgencio Batista. Ya desde tercero o cuarto de bachillerato, hoy octavo y noveno grados, yo había leído “Crimen y castigo” y otras novelas de la biblioteca de mi tío Miguel Santacruz, quien me las permitía leer en la casa de su madre, o en la nuestra. En la de mi padre, además de su rebeldía -que ya me la había engendrado-, encontré temas de mitología, arqueología y antropología y, en alguna medida libros de áreas relacionadas con las ciencias médicas, que los leía con el diccionario en la mano. El resto eran asuntos demasiado densos para mí entonces, de economía macro, de economía política, textos en francés de áreas relacionadas con la Biología que también lo intentaba diccionario en mano, y obras de autores clásicos griegos y latinos, que sólo los miraba.
Sandoná, 03 de diciembre de 2011: Hoy, en un mundo cada vez más excluyente pero también abierto a una apertura cada vez mayor a la globalización y a las redes sociales, inimaginables para nuestra juventud septentina, hablarles a unos jóvenes, señoras y señores graduandos de estos temas parecerá un poco risible. Pero esa es la noria de la Historia. El hombre seguirá siendo el hombre. Dentro de cuarenta años a sus nietos y bisnietos les parecerán risibles sus historias de emails, Faceebook, twiter y otros adelantos actuales. El hombre seguirá siendo el hombre. La historia seguirá siendo la historia, ojalá con mayor justicia pero con libertad, ojalá con mayor equilibrio entre justicia y libertad, que es lo que deberán buscar e inculcar ustedes para sus hijos, nietos y bisnietos como deber de humanidad para todos, además del sustento diario de sus propios. Sólo quien sirvió a la humanidad podrá morir tranquilo, pienso yo, y la humanidad es la sociedad en la que vivimos, nuestra sociedad sandoneña, nariñense, colombiana, latinoamericana y mundial, en ese orden.
Que el Dios de nuestros mayores, el mismo nuestro, el de ustedes hoy, el de sus hijos y descendencia mañana, el de siempre, les permita alcanzar sus metas. No sólo está vencido sino muerto quien no lucha por sus utopías. Que armados con el poder del Dios de nuestros mayores, del de siempre, pero revestidos también con la herencia patrimonial sandoneña de la creatividad y la tenacidad, sigan desde hoy hacia delante. Que Dios así lo quiera.
Muchas gracias.

Author: Miguel Cordoba

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