CUENTO DE NAVIDAD (Retornar también es un sueño)

Por Alejandro García Gómez



1
“… Un sol pleno y un cielo azul acompañan mi paso por
el camino hacia nuestra diminuta finca. Sudo copiosamente. Descubro que ando
desnudo. A pesar de que voy por el camino de en medio del potrero, me preocupa
tanto la desnudez como el no recordar dónde he dejado mis ropas. Hoy se ha
programado un día de campo en mi familia. Al llegar a la casita, mi padre se
percata de que ha olvidado las llaves. Por ser yo el único hijo varón, he sido
enviado por ellas hasta nuestra casa del pueblo. Me detengo a tomar agua, pero
recuerdo que no debo hacerlo por cuestiones de higiene, según mi padre. No
obstante la prohibición, me lanzo a beber y lo hago con fruición. Bebo
copiosamente pero no logro aplacar mi sed. Una mujer desconocida viene por el
camino en sentido contrario al mío. Me asombra su frescura a pesar de que va
vestida con el hábito de las franciscanas. Pasa por mi lado y con arrogancia me
dice: ‘las aguas prohibidas no sacian’. Y refiriéndose hacia mi desnudez, me
reprocha intentando aparentar indiferencia: ‘¡usted, siempre contradiciendo
todo!’. Intento hablarle, pero es imposible. Siento la angustia de no poder
hacerlo. Mientras tanto, las llaves se han convertido en un reloj grande y
viejo en mi mano. Tengo temor, no al castigo de mi padre, sino al ridículo ante
sus invitados. Estoy perdido…”
El cariño se me ha quedado anclado
en los reflejos. Sólo los recuerdos, cuando son muy lejanos, aparecen sin
temores ni vergüenzas en el espejo de mis afectos. Los caminos de regreso hacia
mi corazón me cargan de una ansiedad que se explosiona en angustia. Aún no
pierdo la fe, pero regresar me cuesta. El ansia de volver, la angustia del
retorno; pretensión de mostrarme ante quienes debí someter ni niñez, bien sea a
su amistad, a su saber, a su autoridad, a su protección, a su amor, a su
bondad. Todo su poder ante el mío, ahora.
-Si no es intromisión, ¿hacia dónde
se dirige el caballero?
-Hacia mi pueblo. Es mi retorno.
-¿Dónde queda su pueblo?
-Hacia el Sur… A día y medio de
donde salimos.
-Yo también voy para allá; cuestión
de trabajo, ¿sabe? Ya no son las treinta y seis horas de antes, ¿sabe? Estos
autobuses de ahora y las nuevas vías han acortado las distancias.
-¿… ?
-Sí. Algunos pueblos ya no los
veremos.
-…
– Los tiempos han cambiado.
-¿Los tiempos… O nosotros…?
-…
2
“… Soy un niño y mis padres me llevan de la mano por
una calle de mi pueblo. Mi padre compra los boletos y subo con mi madre y con
mis dos hermanas al autobús en el que debemos viajar. Mientras él compra los
pasajes, ella nos vigila y protege. Cuando vuelve, mi madre le ayuda y juntos
disponen nuestros puestos. Debo aceptar el viajar solo, como siempre que lo
hacemos en familia, pues los asientos están dispuestos en parejas, dos parejas
en cada hilera. Yo debo hacerlo solo, con un desconocido, en la siguiente,
hacia atrás. Siento la misma angustia que me he acostumbrado a soportar en cada
viaje. Mientras pienso en esto, en la angustia que he tenido que acostumbrarme
a soportar, no me percato de que el aparato pasa por un sitio en el que hay
oscuridad absoluta. No veo nada. ‘El túnel’, dice una voz indiferente. Me
angustio, ahora sí de manera intensa, porque pienso que ha pasado mucho tiempo.
La oscuridad se ha vuelto interminable. Grito a mis padres y nadie me responde.
Me tranquilizo cuando me doy cuenta de mi error. No hay ningún túnel. Continúo
mi viaje pero ahora voy en un bus de características urbanas, de la ruta
Chapal-Pandiaco-Torobajo. Miro por las ventanillas. Es la ciudad donde cursé
los estudios universitarios para profesor. Entre el fondo de su cielo
arrebujado y triste, veo la silueta del volcán y las cúpulas de los monasterios
y de las iglesias, una cada tres o cuatro cuadras. La llovizna que jamás deja
de caer, envuelta en el viento frío y en el polvo de sus calles, se mete por mi
ventanilla y me obliga a cerrarla. Me mortifica que los demás pasajeros me
sigan viendo como un niño, sabiendo como lo sé, de que ya soy un joven
universitario. De repente miro pasar a mis padres y a mis hermanas en el
autobús que inicialmente habíamos tomado. Entonces vacilo. Ya no estoy seguro
de ser un joven, pero  tampoco acepto ser
un niño. Les grito e intento hacer parar el carro de ellos con mis señas. Pero
nada; no escucho nada; no puedo hacer nada. Pienso que no se han percatado de
mi ausencia porque su charla es animada; me angustio de nuevo y luego me
entristezco. Nuestros carros van en el mismo sentido. Intento hacer parar éste
en el que voy. Ni el chofer ni nadie me escucha…”
Ella me ha llegado a la mente, con
sus ojos amarillos y vestida con el uniforme de paño azul oscuro y blusa
blanca, como cuando la acompañé por primera vez desde su casa hasta la esquina
de antes del colegio, para que no nos viera la 
monja que desde la puerta vigilaba la llegada de las estudiantes. Yo
cursaba el último grado de la secundaria y ella iba por la mitad. Debió notar
que mi estupidez para hablarle se debía a mi nerviosismo. Superó eso con su
sencilla espontaneidad. Me preguntó por mi madre y luego por mi padre. Mis
hermanas eran compañeras suyas, aunque no del mismo grado escolar. Yo procuraba
hablar, pero me sentía impotente para hacerlo, acostumbrado como estaba a las
barbaridades que nos hacíamos y decíamos con mis amigos. Pero aunque no
acertaba a seguir formalmente la charla de ella, no me sentía fastidiado de no
poder hacerlo, antes al contrario, me sentía bien con ella. Me sentía
confortado con ella. Casi no pensaba en lo que me decía pero me cuidaba de
aprobar y asentir con mi cabeza todos sus argumentos o con un “sí, sí, claro”.
Luego esa noche, aquella noche en las afueras de la iglesia de nuestro pueblo,
como en todas las que se hacían las parejas de enamorados en cualquiera de los
recovecos de la gran mole. La tomé de la mano y suavemente la empujé hacia uno
de esos rincones vacíos. Se sorprendió al comienzo, pero sentí que comprendía
cuando luego fue ella misma quien me condujo. Le puse mis brazos en su cintura,
yo temblaba. Con toda naturalidad me colocó los suyos en mi espalda y me buscó
la boca para que la besara. Mi cuerpo siguió temblando más, pero la besé. Fue
la primera vez que sentí que me decían “mi amor”.
-¿Aún tiene a los suyos allá?
-Allá los dejé… A todos… A la
mayoría sé que los perdí… Unos se fueron y otros desaparecieron… Y a los
que quedan, tampoco sé si los reconozca.
-…
-… No sé si yo mismo pueda
reconocerme.
-¿… ?
-Las ausencias se nos fueron
prolongando una tras otra, y cuando las ausencias empiezan a juntarse comienza
el olvido en la memoria; pero cuando no sólo son los espejos de la memoria los
que se empañan sino los del alma, ocurre el verdadero olvido.
-…
Cuando niño siempre aguardé con
ansiedad las navidades. Las de este año las esperé entre la ansiedad, la
angustia y el miedo. Recorrer nuevamente las calles con sus gentes y sus
carrozas en las procesiones para cada uno de los días de la novena del
aguinaldo; recorrerlas armado con fusiles de palo o con espadas de madera
forradas con papel plateado. Ser príncipe o ser pastor, profeta o rey mago,
soldado romano o San José por unos momentos. Ese eterno juego de sentirse que
uno es lo que no se cree que es. Descubrir, a los años, que son tus padres
quienes te esconden el regalo en la noche. Que la vida jamás te regalará nada
que no sea tuyo y que no lo hayas buscado, que no debes esperar nada gratis
porque siempre te lo cobrarán a la salida. Que cada navidad más es sinónimo de
vejez y de muerte.
3
-Las calles eran de polvo rojo en
verano y lodazales rojos en invierno, señora… Ahora son grises.
… Una calle oscura del centro de la ciudad
donde vivo hace  muchos años y donde aún
me siento extraño, la ciudad de las bombas y de los asesinos con
escapulario…”
-Son cosas del progreso, ¿sabe?…
El gobierno las pavimentó, por fin… Pero cada habitante las pagamos a plazos,
por varios años… Como hacen los vendedores de las neveras y de los
televisores para que les compremos… ¿Fue muy largo el viaje, señor?
-“… Me deleita la imagen de mi sombra en el
pavimento; me complace el saber que es la única que puede acompañarme a todas
partes donde vaya; la única que ‘debe’ acompañarme. Lanzo una carcajada
estruendosa por lo que considero un pensamiento estúpido…”
-Todos los viajes son largos y todos
los retornos imposibles, señora.
-¿… ?
-¿Dónde queda la casa de don
Alejandro…?  …El poeta, señora.
-El poeta y doña Angélica, su
esposa, murieron hace tiempos, señor. El murió primero, y ella, de amor, lo
siguió al año, señor.
-¿…?
-Sí, señor, de ellos no queda nadie
aquí. … Las hijas partieron de últimas detrás de los hijos de ellas. El único
varón que tuvo, se fue de primero. No ha vuelto y nunca jamás se ha vuelto a
saber de él, señor.
-”…La cerveza que he bebido con el cubano Olivares y
con los nietos de César, Everardo y La Mona, entre chiste y chiste de René, en
la tienda acostumbrada del centro, me reclama la necesidad de expulsarla y me
doy vuelta para hacerlo. Mientras escribo ‘
Mascaluna’
con mis orines, angustiado observo que mi sombra se ha movido, como tratando de
escapar. Regresa con pasos burlescos, como los de un arlequín que quiere
mostrar sigilo, hacia la tienda de la cerveza. Trato de seguirla pero es
imposible, porque no puedo dejar de escribir la misma palabra repetida… ”
-¿… Sabe algo de él, señora? ¿…
Del hijo…?
-“… Asombrado descubro que ‘ella’, la de los ojos
amarillos, va del brazo de mi sombra; lleva su mismo uniforme de colegiala, y
ya no es hacia la tienda de la cerveza donde se dirigen. Mi sombra va
disfrazada de profeta pero armada con una espada de palo en la mano…”
-Sé todo de él, señor, hasta de
cuando se fue y algún tiempo más- responde fijando en él sus ojos amarillos.
-¿Sabe o recuerda, señora?
-Sé y recuerdo… Son las cosas del
corazón, señor… ¿Por qué me lo pregunta?… Y ahora, ¿por qué llora, señor…
Por qué llora?
-“… Llamo a ‘ella’ por su nombre pero no me
responde. Le grito que ese no soy yo, que es sólo mi sombra. ‘Yo también soy
una sombra… Siempre he sido una sombra’, me responde.

Author: Miguel Cordoba

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