Educación Fátima 75. 2. Señora Fanny Rodríguez Benavides: “Sardinas de 1950”

Educación Fátima 75 segunda crónica
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Por los pasillos de Sandoná todavía resuena un saludo especial: “Hola, sardina 1950”. Es la forma cariñosa en que Fanny Rodríguez Benavides y sus antiguas compañeras de clase se reconocen, más de siete décadas después, como aquellas niñas que presenciaron la llegada de las hermanas franciscanas y el nacimiento de la escuela Nuestra Señora de Fátima.

“Éramos tantas niñas —recuerda doña Fanny—: Elvia Meza, Raquel Insuasti, Alba Pantoja, Mary Benavides, Nohemy Fajardo, Dilia Fajardo… y claro, yo misma”. Todas vivían los cambios de una Sandoná que, poco a poco, empezaba a dejar atrás sus casas de tapia y paja para ver surgir edificaciones de ladrillo.

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Antes de la llegada de las religiosas, Fanny estudiaba en la escuela María Auxiliadora, dirigida por la profesora Aura Marina Zambrano, en una antigua casona del barrio Obrero. Allí hizo primero de primaria, pero el traslado a una nueva sede —una casa grande de tres pisos donde hoy funciona el Comando de Policía— la sorprendió cuando cursaba segundo año con la señorita Rosa Clelia Cabrera.

Fanny Rodríguez Benavides

Fue hacia 1950, ya en tercero, cuando arribaron las hermanas franciscanas. A ellas se les llamaba “madres”, y el saludo obligado era: “Alabado sea Jesucristo”, a lo que respondían: “Siempre alabado”. Fanny aún recuerda sus nombres: madre Benilda, Berenice, Teresa, Dolores, Rupertina y Andrea, entre otras.

El convento quedó en la casa de don Carlos Rodríguez, frente al parque principal, con una capilla en el segundo piso. Desde allí se comunicaban directamente con la escuela, y cada mañana las alumnas asistían a misa y rezaban el rosario. Fue en una de esas visitas al templo, todavía en construcción, cuando se produjo la tragedia de 1951: la caída del techo que cobró la vida de nueve niñas.

En 1952 la escuela se trasladó al barrio Meléndez, donde hoy funciona la institución educativa Santo Tomás de Aquino. “Para nosotras fue una alegría inmensa —dice doña Fanny—, porque todo era nuevo: salones amplios, baños higiénicos, lavamanos… aunque el patio todavía estaba en tierra”. Allí las niñas aprendían no solo las materias básicas, sino también costura, bordado, tejido, pintura y dibujo. “Yo terminé siendo modista —confiesa con orgullo—, y bordaba vestidos a mano.”

La vida escolar tenía sus propias tradiciones: sabatinas con exámenes y sainetes, clausuras solemnes con cuadernillos decorados y uniformes impecables. Primero fueron delantales de cuadritos azul y blanco; luego llegó el uniforme azul con boina para misa y desfiles. En los días de canto resonaban villancicos y canciones escolares como “Dos barcos que en la ola y a la merced del viento…”.

Doña Fanny estudió hasta segundo de bachillerato, cuando aún no existía la facilidad de viajar a Pasto para continuar. Recuerda haber ayudado en la construcción de la sede definitiva del colegio, cargando ladrillos desde la tejería de don Horacio Goyes.

Hoy, a sus más de ochenta años, doña Fanny conserva intacta la memoria y la gratitud hacia quienes sembraron educación y disciplina. “Éramos todas mujeres, y a las profesoras les decíamos señoritas; a las religiosas, madres. Ahora les dicen profes y hermanas, pero el respeto sigue siendo el mismo.”

Antes de despedirse, vuelve a bromear con aquel saludo que solo entienden sus antiguas compañeras: “Hola, sardina 1950”. Pocas quedan ya, pero sus recuerdos siguen vivos, como las raíces de la escuela que ayudaron a construir con sus propias manos.


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Author: Admin

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