Sombrero

Por Gustavo Montenegro Cardona
montenegro.gus@gmail.com

Una sobrina desea guardar como recuerdo el sombrero de su tío. La sobrina nostálgica acude a sus otras tías para pedir que el sombrero de paño con el que su tío labraba la tierra de lunes a sábado le fuera donado como un gesto de herencia familiar. Una de las tías le cuenta que los sombreros del diario, los que su tío, los otros hombres y muchas mujeres usaban en el jornal, se acababan con el tiempo. Se compraban hasta que no quedaba ni el filo.

Ella, triste, pregunta por el sombrero de los domingos, el que se reservaba para las misas, las fiestas, las ceremonias trascendentales y los días de guardar. Parece que ese ya tiene dueño. Alguien ya lo luce como reliquia en algún altar casero.

También le cuentan que ya nadie quiere usar sombreros para trabajar. Ahora prefieren las gorras. Esas cachuchas son más prácticas. Nadie se las roba. A cualquier mayor que ven por ahí en la calle medio descuidado, los de las motos pasan como endiablados y les arranchan los sombreros bonitos, los que antes nos tenían sin cuidado.

Llega, como envuelto entre el soplo del viento ligero y el aroma del eucalipto, la imagen de Don Aníbal, nuestro buen vecino. Lo miro en el recuerdo con el sombrero verde, de ala corta, cinta negra en el medio y un botón plateado que amarraba la cintilla como un golpe de pequeña vanidad. Sombrero empolvado y cubierto de aserrín. Luego lo observo en sus domingos. Traje sin corbata. Camisa blanca abotonada entera. Bigote pulido y un sombrero negro que era diferente al que llevaba en sus días de trabajo en la carpintería. Ala más ancha. Negro entero hasta la cintilla. Paño fino cuidado con una ceremoniosa amabilidad.

Sombrero llevaba Don Guillermo, otro vecino que también vestía de ruana y en su altura de gigante el sombrero era el punto final de su elegante porte. Sombrero lucía mi abuelo José en la mina. De pequeños admirábamos el sombrero de Baden Powell, el fundador del Escultismo. Tal vez por eso, por estar rodeados de sombreros, mi hermano eligió entre uno de sus temas de colección, la recolección de todo tipo de ellos. De adolescente compré un sombrero en Medellín. El pobre terminó abandonado en una fiesta donde todo quedó en el olvido.

De La Guajira traje un sombrero de palabrero. De los últimos regalos que le pude dar a mi padre, un sombrero carnavalero quedó como recuerdo colgado junto al de charro, a un aguadeño, un vueltiao, uno de poeta y otro al que nunca le apareció dueño. En casa hay cuatro sombreros. El que más me gusta es el que luce Mónica, mi amor bonito, es un sombrero sandoneño adornado de pompones que ella misma tejió con sus manos de mujer creadora. Hay un sombrero de iraca que vuelve cada enero para jugar carnaval, lleva un año de espera queriendo retornar a su oficio.

Me gustaría traer un sombrero de Otavalo y si viajara a España, traería de regreso un sombrero de Picador. Ahora recuerdo la exquisita historia del “sombrero de Mambrino” que estando en Tumaco me contó el Maestro Guillermo Zúñiga, quien portaba en su cuello un dije del yelmo quijotesco. La disparataba manera en que Don Quijote usa la bacía del barbero para cubrir su cabeza argumentando que había encontrado el “Yelmo de Mambrino” antigua joya que, hacia invulnerable a quien lo llevar encima, me evoca a aquellos sombreros que en la literatura también han sido protagonistas.

Si valor tiene el portador del sombrero, cuánto también de ello reside en las manos de quienes los elaboran con el convencimiento pleno de su uso práctico y estético. Para el lujo, como producto para la moda, hecho a mano, tejido, cosido; de iraca, paño, lana o mawisa, de fieltro, cuero, cañaflecha o tela, el sombrero es una de esas piezas que nos acompaña, que nos rodea, que está más cercana de lo que creemos y que durante siglos se ha constituido en un elemento que cobija sentires, memorias y añoranzas.

Ellas y ellos, artesanas y artesanos, creadores, tejedoras, diseñadores y costureras, ponen sus manos a merced de la historia, a disposición de magos, poetas, jinetes, campesinos, sembradores, caballeros, viajeras y modelos, todo tipo de cubiertas, de frágiles cascos y sombreros, de altas copas o de anchos aleros, para resguardar el rostro, hacerle al sol un quite majestuoso o simplemente para lucir con elegancia un símbolo que ya comienza a ser eterno.

¡Por ellas, por ellos! Nos quitamos el sombrero.

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Author: Miguel Cordoba

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