Comuna 13: Colombia

Columna desde Nod
Por: Alejandro García Gómez
A raíz del recrudecimiento de la ola de violencia en los sectores marginados no sólo de Medellín sino de todas las ciudades colombianas -todos con una geografía laberíntica, relacionada también con su origen marginal, no reconocida aún como parte del problema-, algunos columnistas nos hemos atrevido a proponer una visión multicausal, a manera de hipótesis, para reconocer el problema como primer paso, si de verdad se busca una solución. Pero este mero análisis, ha caído ya en medio de la polarización, herencia característica de los dos mandatos Uribe. Hay quienes sostienen que “esto” sólo se resolvería aplicando la “firmeza”, que para ellos es arrasar el mal, “a los malos”, a la escoria y la canalla. “El que quiera cambiar, pues que cambie y viva y el que no, que tampoco no”. Cualquiera otra manera de pensar es destruida con los rayos de su mirada. La única causa que admiten como origen de la actual violencia urbana es el afán por hacerse con el poder del microtráfico, otra pata del narcotráfico, y su relación con el Código Penal del Menor. En esta agudización multicausal, aceptemos que uno de los móviles inmediatos de la actual violencia ha sido el afán por apoderarse del microtráfico intraurbano y de las rutas del narcotráfico internacional, del globalizado, después de la extradición de los para-comandantes a los EU en la era Uribe; y otro la manipulación del Código por la delincuencia organizada. Pero, ¿y las causas de nuestro narcotráfico?
La ola de la Seguridad Democrática en el campo y en las selvas –bandera del gobierno Uribe- aumentó la tragedia de los desplazamientos a las ciudades que ya se hallaban acordonados por esa laberíntica geografía de hacinamiento, miseria y desesperanza. Pero hasta ahora sólo estamos viendo el comienzo de la tragedia, como lo he expuesto otras veces. Porque la grande será la que vendrá luego, como ocurrió 30, 40 y 50 años después de la primera Violencia, la de mediados del siglo XX, la que propició las condiciones para el surgimiento del gran narcotráfico, pues los cordones de miseria de las ciudades creadas por ésta procuraron el recurso humano para la formación de las actuales organizaciones delincuenciales en todos sus mandos y tareas; y después, la corrupción gubernamental propiciada por el Frente Nacional crearon las condiciones para que prosperara la semilla del narcotráfico colombiano que ya había sido sembrada internacionalmente en grande, con los vicios de la guerra de Viet-Nam, auspiciada por la dirigencia gringa, que en su momento se aceptó en silencio, porque con sus marines drogados se esperaba mitigar en ellos la dureza de la guerra en procura de conseguir la victoria sobre el pequeño pueblo asiático. Acabada la guerra fría por el descalabro de la URSS, y acabadas las razones de anticomunismo, ¿a la dirigencia gringa le interesará de verdad acabar de tajo con el narcotráfico y quedarse sin el pretexto perfecto para penetrar a América Latina en son de su particular y selectiva lucha antiterrorista? ¿A sus empresas de armas les interesará perder su gallinita de los huevos de oro? ¿Seguiremos siendo ingenuos unos y cínicos otros?
Volviendo a Colombia: un Director de Fiscalía de Antioquia, el hermano del anterior Ministro de Justicia Fabio Valencia, se encuentra judicializado desde hace varios meses: ¿alguna relación tendrá este tipo de situaciones de la rama de la justicia de la ciudad con el problema que se vive en el Medellín marginado o sólo será –el del fiscal hermano del ex ministro de justicia- un caso aislado? Aceptamos también que la manipulación del Código Penal del Menor, por parte de la delincuencia en este laberinto de tragedias, ha causado estragos y que se necesita una revisión de éste como medida de choque. Pero las solas soluciones inmediatistas –como la arrasadora Operación Orión- no son suficientes, como quedó demostrado en la misma comuna muy pocos años después.

Esta es sólo una visión sociopolítica, si se quiere. Falta la visión sicosocial de esos menores atrapados por la tragedia. Ojalá para próxima oportunidad. En las películas gringas, matando al malo se acaba el mal y el filme, y sigue la carcajada gringa. Pero Medellín y Colombia son nuestra vida o nuestra muerte, no una película.

Author: Miguel Cordoba

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.