
Comenzaba la década de los setenta. Corría el año 1974 y cursaba tercero de bachillerato, lo que hoy corresponde al grado octavo. Entre las asignaturas novedosas apareció una materia que para muchos resultaba extraña: Álgebra.
A mí me desconcertaba aquella mezcla aparentemente imposible de números con letras. Hasta entonces las matemáticas habían sido territorio exclusivo de cifras, sumas, restas, multiplicaciones y divisiones. Ver que las letras también podían formar parte de operaciones matemáticas me parecía algo raro, casi misterioso.
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El profesor, consciente de nuestras dudas, nos recomendó consultar en la biblioteca un libro que se convertiría en leyenda para generaciones enteras de estudiantes latinoamericanos: el Álgebra de Baldor.
Recuerdo perfectamente aquel volumen grueso, solemne, de portada amarillenta, con la imagen de un hombre de turbante al estilo árabe. En mi imaginación juvenil no había duda: aquel debía ser Baldor. Y si además se trataba de álgebra, una palabra que también sonaba extraña y oriental, todo parecía encajar perfectamente.
Con reverencia tomé el libro entre mis manos y empecé a descubrir un universo fascinante.
Era un texto exigente, pero amable. Su autor proponía ejercicios y al final del libro aparecían las respuestas, una especie de juez silencioso que confirmaba si uno había comprendido o seguía perdido en los laberintos de las ecuaciones.
Como siempre tuve inclinación por las matemáticas, me entregué con entusiasmo a estudiar aquella nueva materia. Pasaba horas tratando de entender cada procedimiento y resolviendo la mayor cantidad posible de ejercicios. Poco a poco el álgebra dejó de parecerme extraña y empezó a revelarse como un lenguaje lógico, elegante y hasta bello.
Con el tiempo, algunos compañeros y compañeras acudían a mí cuando no lograban resolver algún ejercicio. Yo intentaba explicarles, con la paciencia de quien también había sentido desconcierto al principio.
Aquel libro terminó convirtiéndose en una especie de compañero silencioso de adolescencia.
Además del texto de álgebra, Baldor tenía otros volúmenes igualmente célebres: Aritmética, Geometría y Trigonometría, todos conocidos por su rigor y claridad pedagógica.
Pasaron los años.
Y con ellos permaneció intacta una creencia que jamás me detuve a cuestionar: Baldor era árabe o, al menos, provenía de algún país del Medio Oriente. ¿Cómo no pensarlo, si ahí estaba su retrato con turbante observándonos desde la portada?
Esa certeza se vino abajo hace apenas unos días, cuando un docente me comentó casualmente que Baldor era cubano.
La afirmación me desconcertó tanto como aquellas primeras ecuaciones de adolescencia.
Movido por la curiosidad, emprendí una breve investigación. Y entonces descubrí que el personaje de la portada no era Baldor.
Según Wikipedia, la imagen corresponde al matemático, astrónomo y geógrafo persa musulmán Al-Juarismi, quien vivió aproximadamente entre los años 780 y 850 y es considerado uno de los padres del álgebra moderna.
El verdadero Baldor fue Aurelio Ángel Baldor de la Vega, nacido en La Habana el 22 de octubre de 1906. Fue matemático, profesor, escritor y abogado cubano, autor del célebre libro publicado originalmente en 1941 y reeditado innumerables veces.
Su vida también estuvo marcada por la historia convulsa de su país.
Tras la Revolución Cubana, su prestigioso Colegio Baldor fue expropiado por el gobierno. También perdió su casa en Tarará. Según versiones recogidas por su familia, incluso hubo órdenes para retenerlo, aunque Camilo Cienfuegos habría intervenido en su favor.
Tras la muerte de Cienfuegos, Baldor decidió abandonar Cuba junto a su familia. Viajó primero a México y luego a Estados Unidos. Vivió en Nueva Orleans, Nueva York y posteriormente en Nueva Jersey, donde continuó enseñando matemáticas como profesor universitario y jefe de cátedra.
Dedicó sus últimos años al estudio y creación de teoremas y ejercicios de precálculo, hasta retirarse en Miami, donde falleció el 2 de abril de 1978, víctima de un enfisema pulmonar.
Su memoria, sin embargo, sigue viva.
Cada vez que alguien abre aquel libro grueso y desafiante, cada vez que un estudiante descubre que las letras también pueden hablar el idioma exacto de los números, Aurelio Baldor vuelve discretamente a la vida.
Y pienso entonces que, después de tantos años, descubrir que no era árabe sino cubano no disminuye en nada su grandeza.
Al contrario.
Hace aún más admirable que desde una isla del Caribe haya surgido un maestro capaz de enseñar álgebra a medio continente.
Foto: RPJM Consultoría
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