Gustavo Moncayo, el amor al extremo bíblico

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Por: Pablo
Emilio Moncayo Cabrera*
Tomado de
No soy muy
bueno redactando cartas. Dejo que los sentimientos broten igual que la
naturaleza de las plantas al germinar. Gustavo Guillermo Moncayo Rincón, el
Caminante por la Paz, mi padre, ha sido un hombre paciente, estudioso, humano
.
Siempre justo y humilde, siempre alegre y extrovertido. Dedicado a su familia,
abnegado. Vituperado por unos, alabado y admirado por la mayoría.

Siempre me
motivó a buscar el conocimiento, la verdad, la integridad. Recuerdo cómo me
enseñó con su paciencia, dedicación y amor a tocar instrumentos musicales
(guitarra, charango, zampoñas, quena)
; a manejar moto y carro, a no temerle a
los insectos, a enfrentar mis miedos con un paso de valor a la vez. Ha sido el
consejero, el guía, el líder. Un héroe, mi héroe.
Quien me enseñó
a respetar la vida y dignidad de los demás, a respetar mi propia vida y
dignidad
. Pero mi padre no es solo mi padre, es el padre de todos y cada uno de
los colombianos, presentes y ausentes, que buscan dignificar a sus hijos, así
como él lo hizo conmigo. Me dignificó a nivel internacional, me puso a la
altura de los norteamericanos o colombianos de doble nacionalidad como Ingrid
Betancourt, quienes acaparaban las noticias en ese entonces.
Hizo visible el
dolor de mi ausencia en el seno de la familia Moncayo Cabrera; dolor que
conmovió a la opinión pública nacional e internacional, dolor que sufren las
familias colombianas cuyos hijos son secuestrados por las drogas, el
alcoholismo, el suicidio, la delincuencia común, la prostitución, las
desapariciones forzadas
.
Se enfrentó a
toda adversidad con tal de lograr su propósito (la liberación de todos los
secuestrados y la salida negociada al conflicto armado), no escatimó esfuerzos
ni tiempo
. Tampoco sopesó ni la estabilidad laboral y económica que dejaba
atrás ni el peligro que corría su propia vida con esta determinación, pues
mientras muchos medios de comunicación lo tildaban de guerrillero, las Farc, de
boca de Simón Trinidad, lo declaraban “enemigo de esa guerrilla y objetivo
militar”.
Hoy puedo decir
de corazón: te amo, papá. Y me siento doblemente agradecido con Dios por
haberme dado la familia de la que provengo. En ella aprendí los valores
necesarios para enfrentar la vida con humildad y honradez. Puedo poetizar la
experiencia, hacerla dulce y sublime; comprar un regalo, envolverlo, marcarlo y
enviarlo
. Pero eso no es suficiente. Requiero dos vidas para poder compensar lo
que me has dado: en primer lugar la vida y, luego, la libertad.
Tengo la
deliciosa experiencia de disfrutar, de conocer, de vivir lo que es el amor de
mi padre al extremo bíblico
. Pues tú, al igual que lo narrado en el libro
sagrado, emprendes una larga lucha, una caminata en busca de tu hijo perdido.
Arrebatado por la intolerancia, la violencia y, lo peor, por la indiferencia de
los que se autoproclaman “buenos”.
Hoy que soy
padre también puedo entender lo que sentiste con mi nacimiento y el porqué de
tus decisiones radicales que cambiaron el rumbo de nuestras vidas y, por qué
no, de una nación entera. Hoy quiero replicar ese ejemplo que nos has dado: la
constancia, el amor verdadero e incondicional, la búsqueda incansable de un
sueño, un ideal
. Quiero hacerlo una experiencia de vida en mi hogar con mi
amada esposa y mi hermosa hijita.
Ojalá que en
este Día del padre (y todos los días), como dice mi gran amigo, padre putativo
y maestro, el ingeniero Néstor Acosta, los padres colombianos manifiesten el
amor a sus hijos insistiendo en la búsqueda de un país en paz, con
oportunidades, donde se dignifique a cada ser humano y se valore
incondicionalmente la vida
. Anhelamos una sociedad articulada y trabajando
unida por un sueño donde primen el bienestar, el desarrollo y el progreso de nuestra
linda patria, Colombia.
Feliz Día del
Padre.
*Exsecuestrado,
militar retirado, tutor della pace y promotor de Arquitectura Social Integral
para una nación en Paz de la Fundación Región Sana.

Author: Miguel Cordoba

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