La macabra navidad de Pasto de 1822

Por Enrique
Herrera Enríquez
A ciento noventa
y cinco años de la toma militar de Pasto a sangre y fuego por parte de las
tropas que comandaba Antonio José de Sucre, aquel 24 de diciembre de 1822,
consideramos oportuno traer a referencia una pequeña serie de comentarios que
respecto a este macabro acontecimiento han escrito diversos autores, unos muy
allegados y defensores acérrimos de la actitud de Simón Bolívar y sus demás
Generales contra Pasto, por aquello de así es la guerra
, y otros de pronto
imparciales. Pero es lo cierto que los unos y los otros no pudieron ni se podrá
ocultar el acto criminal que se cometió contra una población civil indefensa
como observaremos a continuación.

El historiador
José Manuel Restrepo, narra así el acontecimiento: “Al amanecer del 24 los
cuerpos desfilaron sin detenerse por la fragosa montaña que separa a Yacuanquer
de Pasto. Tardaron mucho en atravesarla y hasta las doce del día no avistaron a
los facciosos apostados en las alturas y quebradas que rodean a la ciudad por
la parte del sur. A la una de a la tarde fueron destinadas la primera y quinta
del Rifles a tomar las alturas que ocupaban los rebeldes a nuestra izquierda;
el resto del batallón, con su coronel y el general Barreto, se dirigieron
contra la principal estancia del enemigo. Habiéndose ésta sobre la iglesia de
Santiago, circuida de un terreno excesivamente cortado, y donde los pastusos se
creían invencibles con el auxilio de aquel santo apóstol, patrón de la España
Alberto
Montezuma Hurtado, manifiesta: “ Según refiere la crónica, la propia imagen de
Santiago fue puesta en medio de los defensores, como un gran general y más bien
cayó al suelo en uno de los lances del combate, convirtiéndose en estorbo, y
mientras sus decepcionados partidarios le echaban en cara tan lamentable
inutilidad. A las tres de la tarde la dispersión de los facciosos se hizo
incontenible; el sujeto Boves tomó camino de oriente con unos clérigos
españoles y varias gentes de fusil, Agualongo y Merchancano se acogieron a sus
montes hospitalarios. Y entonces, bajo la vista inexplicablemente gorda del
general Sucre, los vencedores se entregaron al saqueo de la ciudad,
distinguiéndose por sus atrocidades el famoso batallón Rifles, con su jefe
Arturo Sanders a la cabeza
. Sobre los hechos no existe un solo recuerdo, amargo
o descomedido, no hay tampoco un solo comentario, en prueba de lo cual se
transcriben ahora los de diversos y conocidos historiadores:
De don José
Manuel Groot: “Las tropas irritadas con la obstinada guerra que les hacían
los pastusos, saquearon la ciudad y el general Sucre hubo de permitírselo. Allí
no hallaron casi gente, todos los hombres habían huido, no habían sino las
monjas y algunas mujeres refugiadas en el convento”.
De don Carlos
Pereyra: “Sucre tuvo que destrozar a los combatientes y tuvo que
presenciar después, lleno de un profundo desaliento, la matanza que siguió al
combate”.
Del general
Tomás Cipriano de Mosquera: “El encono del batallón Rifles por el rechazo
que sufrió en Taindala en el mes anterior, le hizo ser cruel y no dio cuartel,
de lo que provino que murieran más de cuatrocientos hombres, mientras que los
cuerpos del gobierno nacional solamente tuvieron seis muertos y cuarenta
heridos. El general Sucre tuvo que restablecer la disciplina y sujetar al
Rifles, poniéndose a la cabeza del batallón Bogotá
. Este castigo cruel que
sufrieron los pastusos produjo que la guerra durara dos años más”.
Del general
José María Obando: “No se sabe cómo pudo caber en un hombre tan moral,
humano e ilustrado como el general Sucre
la medida, altamente impolítica y
sobremanera cruel de entregar aquella ciudad a muchos días de saqueo, de
asesinatos y de cuanta iniquidad es capaz la licencia armada; las puertas de
los domicilios se abrían con la explosión de los fusiles para matar al
propietario, al padre, a la esposa, al hermano y hacerse dueño el brutal
soldado de las propiedades, de las hijas, de las hermanas, de las esposas; hubo
madre que en su despecho, salióse a la calle llevando a su hija de la mano para
entregarla a un soldado blanco antes de que otro negro dispusiese de su
inocencia; los templos llenos de depósitos y de refugiados fueron también
asaltados y saqueados; la decencia se resiste a referir por menor tantos actos
de inmoralidad.. .”.
José Manuel
Restrepo, historiador coetáneo de los acontecimientos y profundo admirador de
Bolívar y su ejército dice al respecto: “Después de hora y media de combate los
facciosos –léase los pastusos- fueron derrotados completamente en todos los
puntos
. Los dispersos huyeron, unos con Boves hacia las montañas de Sibundoy,
camino del Amazonas, y otros al Juanambú, a fin de ampararse en el desierto de
El Castigo.
En el acto fue
ocupada la ciudad, en la que solo hallaron las monjas y unas pocas mujeres
acogidas al convento – se refiere al de Las Conceptas -. Los hombres habían
huido todos llevándose las armas. Desgraciadamente la ciudad fue saqueada por
las tropas vencedoras
, irritadas sobremanera por la obstinada resistencia que
habían hecho sus habitantes.
Los pastusos
tuvieron cerca de ochocientos muertos en los diferentes combates
, y se les
tomaron muy pocos prisioneros a causa de la vigorosa terquedad con que se
defendían. Por una rara fortuna, el General Sucre perdió solo ocho muertos y
treinta y dos heridos.”
Del general
Daniel Florencio O’Leary, secretario privado de Simón Bolívar: “En la
horrible matanza que siguió soldados y paisanos, hombres y mujeres, fueron
promiscuamente sacrificados
“.
Del doctor José
Rafael Sañudo: “Se entregaron los republicanos a un saqueo por tres días,
y asesinatos de indefensos, robos y otros desmanes
hasta el extremo de destruir
como bárbaros al fin, los archivos públicos y los libros parroquiales, cegando
así tan importantes fuentes históricas. La matanza de hombres, mujeres y niños
se hizo aunque se acogían a los templos, y las calles quedaron cubiertas con
los cadáveres de los habitantes, de modo que “el tiempo de los
Rifles” es frase que ha quedado en Pasto para significar una cruenta
catástrofe. Quizás el haber permitido Sucre tan nefandos hechos, dio causa a
que la Providencia señalara los términos de Pasto ocho años después para que
sea sacrificado en términos de La Ventaquemada”.
El historiador
ecuatoriano Pedro Fermín Cevallos, refiere así el macabro acontecimiento:
“Después de hora y media de combate, fue derrotado del todo el enemigo, y Sucre
ocupó la ciudad desierta. Más de ochocientos de los rebeldes quedaron tendidos
en el campo
, fuera de los heridos, no habiendo costado al vencedor sino ocho
muertos y treinta y dos heridos. Los vencedores llevados de la venganza contra
un pueblo tenazmente enemigo suyo saquearon la ciudad.”
Del doctor
Roberto Botero Saldarriaga: “Al combate leal y en terreno abierto sucedió
una espantosa carnicería: los soldados colombianos ensoberbecidos por la
resistencia, degollaron indistintamente a los vencidos, hombres y mujeres,
sobre aquellos mismos puntos que tras porfiada brega habían tomado. Al día
siguiente, cuatrocientos cadáveres de los desgraciados pastusos, hombres y
mujeres, abandonados en las calles y campos aledaños a la población
, con los
grandes ojos serenamente abiertos hacia el cielo, parecían escuchar absortos el
Pax Ómnibus, que ese día del nacimiento de Jesús, entonaban los sacerdotes en
los ritos de Navidad”.
Del padre
Arístides Gutiérrez, sacerdote oratoriano: “El padre Francisco Villota
pasó por la terrible prueba de ver su tierra natal convertida en un lago de
sangre, pillaje y degüello por tres días, el 24, 25 y 26 de diciembre de 1822
,
en los cuales el batallón Rifles cometió atrocidades inauditas de barbarie y
salvajismo”.
De don Pedro
María Ibáñez: “Aquella población fue tratada por los soldados de Sucre
como país enemigo; sacrificaron sin piedad a los valientes y obstinados
guerrilleros y apagaron con esos triunfos la terrible insurrección
“.
Del doctor
Leopoldo López Álvarez: “Ocupada la ciudad, los soldados del batallón
Rifles cometieron toda clase de violencias
. Los mismos templos fueron campos de
muerte. En la Iglesia Matriz le aplastaron la cabeza con una piedra al
octogenario Galvis, y las de Santiago y San Francisco presenciaron escenas
semejantes”.
Del doctor
Ignacio Rodríguez Guerrero: “Nada es comparable en la historia de América,
con el vandalismo, la ruina y el escarnio de lo más respetable y sagrado de la
vida del hombre, a que fue sometida la ciudad el 24 de diciembre de 1822 por el
batallón Rifles
, como represalia de Sucre por su derrota en Taindala un mes
antes, a manos del paisanaje pastuso armado de piedras, palos y escopetas de
caza”.

Son algunos de los comentarios que trascribimos
para que se sepa cuál fue la magnitud de la masacre, del genocidio contra la
población pastusa por parte de las tropas al mando del venezolano Antonio José
de Sucre aquel 24 de diciembre de 1822
y subsiguientes días de aquella negra
navidad en que no se tuvo piedad alguna para con nuestra gente.

Este es un espacio de opinión destinado a
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pertenecen exclusivamente a los autores que ocupan los espacios destinados a
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de este medio digital.

Author: Miguel Cordoba

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