¿Y quién fue José María Hernández?

Columna Desde Nod
Por Alejandro García Gómez
Ahora que la patria se encuentra inundada de
prohombres de abolengo, urgidos de sencillez, me arriesgo a presentar a un
campesino nariñense, nacido y criado entre los taciturnos y gélidos vientos de
las fronterizas breñas del municipio de Pupiales
, de quien conozco una mínima
biografía, en un libro sin editorial ni fecha ni ciudad,  con una diagramación y diseño desafortunados
y un estilo empalagoso, a pesar del periodista que firma el prólogo, pero que,
por lo menos para quien esta líneas escribe, es lo único escrito que se conoce
(“Huella y camino de un héroe”, Luis Arteaga Moreno).

Nació nuestro héroe, éste sí héroe, el 17 de
enero de 1892 y desarrolla la infancia en su vereda de Guachá
, de donde salió a
la cabecera municipal para sus estudios primarios. No se habla de estudios
secundarios ni menos universitarios, inaccesibles en aquellos tiempos para las
medianas clases medias. En 1910 muere don Víctor Hernández, su padre, y pasado
un tiempo doña Rosario Vivas vuelve a contraer matrimonio con el músico ciego
Arquimedes Morán. La vida con su padrastro tuvo inconvenientes desde el
comienzo y, en 1914, nuestro héroe se engancha como obrero del Dpto. para
instalar la línea telefónica Pasto-Mocoa
. Acabado el contrato se queda a vivir
como colono en Puerto Asís (Putumayo) quizá con “Juan Gálvez, José Narváez,
Pioquinto Sierra / como robles entre robles… /…un hombre de la orilla / un
hombre de ligeras canoas por los ríos salvajes”, de Aurelio Arturo. Y se casa
allá con Gregoria Iles y tiene hijos.
1932, sobreviene la guerra. El vecino Perú
corre linderos y el 1 de septiembre nos invade. Jamás nuestro país está
preparado para cosas semejantes. Al igual que más tarde ocurriría con el
vergonzoso episodio de la fuga de Pablo Escobar, y con los errores que se han
vuelto el plato semanal por estos días, comienza en nuestro ejército de
entonces una de órdenes y contraórdenes. No hay carretera hacia esa frontera,
sólo el camino de herradura Pasto-Mocoa y el resto a lomo de río entre la selva.
Entonces es cuando el ya próspero comerciante José María Hernández se ofrece
ante el General colombiano Efraín Rojas para servir de guía a las tropas,
trabajo que luego se le cambia por el de identificar la ubicación y pertrechos
de las del enemigo, para algunos conocido como el de espía, pero sin
remuneración
. En la misión es descubierto ante el invasor por un indígena. Es
llevado a Iquitos y sentenciado a muerte con cargos de espionaje en un
sumarísimo consejo verbal de guerra. Es ejecutado el 17 de abril de 1933, a
pesar de que para entonces ya había acuerdo –no firmado- entre los gobiernos de
Colombia y Perú ante la Liga de las Naciones.
La Ley 99/36 concede a su única sobreviviente,
su hija Justina, la suma vitalicia de $30,oo mensuales. El Ministro de Guerra,
Gral. Hernando Correa Cubides, deroga, en acto administrativo, esa ley de la
república “por motivos de orden público”. Jamás los recibió doña Justina
. Tuvo
menos suerte que la joven viuda del ex presidente payanejo de doce días, muerto
en el 2003 (quien le sobrevive con una pensión ex presidencial), doce días que
le alcanzaron para que sus paisanos le celebraran todos los honores
presidenciales en su tierra natal. “Oh, gloria inmarcesible”.
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Author: Miguel Cordoba

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