Contemplación de navidades lejanas…

Mi ventana
Es inevitable en esta época decembrina
retroceder mentalmente el implacable paso del tiempo para situarse en la
infancia y adolescencia vivida en el barrio o cuadra de nuestro lugar de
origen. Cuántas navidades compartidas con personajes
cercanos, con quienes en la mayoría de
los casos, jamás tuvimos la cierta oportunidad del reencuentro, pero cuya
estampa y  entorno permanecen como
inquietos fantasmas en nuestro imaginario
. Un verdadero conflicto entre el
deseo y la realidad que dispersa con la fuerza de un ventilador a todos los
terrenales hacia escenarios lejanos e insospechados.

Cómo no recordar aquel fatídico día en que esa
fuerza centrífuga del destino combinada con la innata ansia de superación, nos
condenaron a muchos coterráneos al destierro voluntario, al desarraigo, al
trasegar con retratos envejecidos y amarillentos de la adolescencia, por
regiones y países desconocidos llenos de incertidumbre y  situaciones cambiantes. Con la mirada fija en
un objetivo común: el mejoramiento continuo a cambio de no ceder en el
obstinado apego a la tierra. Con nuestro cerebro parafraseando implacablemente
a Shakespeare: sabemos lo que fuimos, pero no lo que pudimos haber sido en
nuestra pequeña aldea
. Una lapidaria y jamás resuelta incógnita.
Con el transcurrir de los años, y luego de
establecer el balance de las experiencias vividas, incluso las más
amargas, no queda sino la resignación de
recordar esas etapas idílicas de varias temporadas navideñas
,  las más y mejor recopiladas de aquella
provincia de techos rojizos con  sus
calles polvorientas durante los días veraniegos, y majestuosas y románticas
noches enmarcadas en la espesa neblina del invierno decembrino.
Recordar, entre otros eventos,  el destello de la pólvora fabricada por
artesanos ancestrales cuya seguridad era una garantía implícita; las “pasadas”
durante la novena de aguinaldos; la picaresca raizal en la elaboración de los
“años viejos”
; la lectura del
inquietante testamento en la vespertina de final de año; la ansiedad de
adolescente para asistir con la mejor gala a la tradicional “fiesta de
disfraces” del 3 de enero; y, finalmente, el derroche de alegría y fascinación
durante los carnavales propiamente dichos. Por fortuna, y como ingrato
recuerdo, quedaron atrás aquellos salvajes episodios de ruptura violenta de ropajes carnavalescos, y
el uso irracional del agua.
Para ser concordante con mi escrito, evoco con
la mayor de mis nostalgias el recuerdo de algunos vecinos de mi cuadra:
Los Castillo, Pantoja, Chamorro, Fajardo, Portilla, Caicedo, Montilla, etc.,
con quienes durante la emotiva noche de muchos lejanos 31 de diciembre,
acompañábamos a don Pachito Narváez (q.e.p.d.), en su providencial e infalible
quema de nuestro maltrecho “taitapuro”…
Jamás olvidaré esas mágicas y alicoradas
escenas.
Como en Los pasos perdidos de Carpentier, la
constante para muchos paisanos será siempre la misma: Una vez abandonado, el
retorno al Edén es imposible…
FELIZ NAVIDAD Y AÑO NUEVO.
Diciembre 22 de 2014.
Este es un espacio de opinión destinado a
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Author: Miguel Cordoba

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