Único país donde se pregunta si queremos vivir en paz

Desde Nod
Por Alejandro
García Gómez
Poco después de
que Álvaro Uribe se estrenara como expresidente, cuando ya la Justicia ponía en
la mira a Uribito, a Ma. del Pilar Hurtado, a Sabas Pretelt, etc.; cuando su ahijado
JM Santos, a quien sus votos habían llevado a la presidencia, tendía una cerca
definitiva con los apegos hacia su mentor –desde el discurso de posesión y su
alusión a “la llave de la paz”-, Uribe comprendió que definitivamente había
caído su omnímodo poder de ocho años
. Sabía, eso sí, que si bien había perdido
la cabrilla del carro, aún era muy poderoso en la vía. Con la transparencia de
alma que lo caracteriza, apeló a la estrategia que tenía a la mano: estrenaría
su twiter atravesando obstáculos y palos a la rueda.

Se interpondría a todo, a
cualquier nueva disposición del gobierno de su exahijado: si algo era blanco él
tenía el suficiente poder para “demostrar” a los suyos –asesorado por los
mismos sofistas ex palaciegos- que era negro y le creerían; si para el odiado
gobierno era una recta, él y ellos probarían que era curva; y curva sería. En
cuanto al Legislativo, construiría su empresa, un partido para arrasar en el
Congreso, con él al frente para que nadie se saliera de la fila. La táctica con
el Poder Judicial sería: si la justicia implicaba a sus ex colaboradores, o si
eran inculpados algunos de sus amigos, la regla sería “demostrar” que había una
persecución política contra él o contra
los suyos
, incluidos familiares, políticos, magistrados, etc. Indiscutible
sería que la fuga de varios de ellos, del país, era una consecuencia más de esa
persecución política.

Fue entonces
cuando “supo” de unos diálogos secretos llevados a cabo entre el gobierno y las
Farc para unas posibles negociaciones del fin del conflicto. Nunca reveló sus
fuentes ni nadie ha podido siquiera suponerlas. Más “twiterazos” para el
escándalo. Pero la audiencia fue escasa y no logró abortar el proceso de paz
que aún no había nacido. En el anterior artículo señalé cómo hasta columnistas
de extrema derecha le recordaron que ese era un deber constitucional de todo
presidente: la búsqueda de la paz. Él mismo lo había intentado con idénticos
colaboradores –frustradamente- al final de su mandato
. El país, agobiado de la
guerra, y el mundo entero –EU, Cuba, Europa, Venezuela, etc.- no sólo
aplaudieron la noticia sino que algunos se ofrecieron como garantes.
Perdido ese
round montó táctica para otro: el supuesto debate. Declarar que él y los suyos
sí querían la paz pero “sin impunidad”. En boca de él esta afirmación sonó a
verdad transparente. Nadie supuso cinismo. Esta controversia nos tiene a
nosotros los colombianos como los únicos terrícolas -de cualquier época
histórica- a quienes se les hace la extraña pregunta de si aprobamos o no el
vivir en paz
.
No somos
ilusos. No consideramos jueguito de niños los crímenes de lesa humanidad de las
Farc ni deseamos las ruinas económicas castristas ni chavistas. Toda dictadura
es ruina económica o moral o ambas. Pero hay que abrirnos a esta oportunidad.
Volver a empezar un nuevo país conociendo la verdad, exigiendo la no
repetición, la reparación y con la justicia bajo los estándares
internacionales
. Algo que jamás sucedió en 1956 en el pacto de Benidorm para
acabar La Violencia, cuando se estableció el llamado Frente Nacional entre las
derechas colombianas, la liberal representada por Alberto Lleras y la
conservadora por Laureano Gómez. Eso nos llevó a lo que hoy tratamos de sanar y
cicatrizar. No somos ilusos. Somos soñadores, pero con los pies sobre la
realidad, la nuestra eso sí.
A sabiendas de
que no hay ni habrá otro proceso hasta después de muchos años y miles de
muertos más, usted, ¿quiere vivir en paz aquí y ahora?
15.IX.16
Este es un espacio de opinión destinado a
columnistas, blogueros, comunidades y similares. Las opiniones aquí expresadas
pertenecen exclusivamente a los autores que ocupan los espacios destinados a
este fin por el blog Informativo del Guaico y no reflejan la opinión o posición
de este medio digital.

Author: Miguel Cordoba

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